Los días siguientes de la visita del padre de Piedad fueron tristes. La pequeña se acusaba de cobardía y pasaba las noches sin dormir, apretando la infausta carta entre sus manos, como queriendo deshojar la flor sangrante que era su corazón en aquellos momentos.
Sus amiguitas intentaban consolarla en la hora que pasaban juntas en el patio, pero su esfuerzo y los mil juegos que inventaban eran en vano. Tampoco sor Teresa lograba gran cosa, pese a su afán de atraer a la pequeña con las mil y unas historias de la antigüedad que sabía le gustaban.
Solo en los momentos de recogimiento, en la pequeña capilla del colegio, se veía a Piedad con algún consuelo en sus ojos, cansados de tanto llorar. La visita del padre había sido una auténtica tragedia y la madre superiora, que tantas esperanzas puso en la reunión de padre e hija, se acusaba de la pena de su querida niña.
La alegría que todas habían sentido, al ver a una Piedad aliviada de sus penas y casi olvidada de su dolor, formaba ya parte de un pasado que aunque reciente se hacía lejano y difícil de recordar.
Todas fiaban en el tiempo que todo lo cura, pero ese tiempo que llamaron de desesperanza se estaba alargando en demasía y empezaba a ajar las raíces de las almas buenas que allí habitaban.
Cualquier visitante que las visitara en aquellos momentos sufriría una opresión de tristeza profunda y abandonaría el lugar al poco de llegar. Por fortuna, no hubo visitas y ni siquiera el párroco se aproximó a ellas en aquel tiempo de tristeza.
Poco a poco Piedad fue reaccionando y se la vio un poco más alegre. En ello tenía mucho que ver el enorme cariño que todas le tenían, pero sobre todo el inmenso sentimiento de amor que sor Teresa le mostraba en todo momento, con un tacto tan exquisito que en nada perturbaba a la joven.
Aquel día hablaron de amor. Un tema que había escogido la madre superiora para acabar de despertar a su alumna, a quien veía un poco más recuperada. Esperaba la maestra que con aquella plática Piedad recobrara su espíritu, pero sobre todo que su inteligencia le hiciera volver a ser la niña bondadosa que siempre había sido.
“¿Qué piensas del amor?”, le preguntó. “El amor es un sentimiento que nace de Dios y nos hace humanos. Dios es amor por nosotros y cuando nosotros amamos lo hacemos a través de ese amor”.
“Entonces”, replicó sor Teresa, “si es de Dios que parte todo amor humano, este debe ser tan grande que lo abarca todo”. “Así es”, dijo Piedad. “¿Amas?, hija mía”, preguntó sor Teresa de improviso y personalizando la lección.
La joven pensó por un momento, que se le hizo eterno a la monja, y luego contestó sin vacilación ni duda. “Amo todo con el amor de Dios, usted lo sabe”. Era justo la respuesta que esperaba oír para sacar su argumento definitivo. “Entonces, si el amor de Dios es alegre y tu amas con el amor de Él, ¿por qué amas con tristeza?”
Piedad escuchó con un silencio reverencial y por toda respuesta le sonrió con sencillez. Sor Teresa le acarició dulcemente el cabello y con los ojos llenos de lágrimas le sonrió también. Ambas eran conscientes de lo que acababan de vivir. Afuera la tarde declinaba lentamente.

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