El camino era largo y cansado. Piedad sentía todo el tiempo una pena inmensa. La lejanía suponía una carga pesada de sufrimiento que iba más allá de cualquier distancia que pudiera haber entre un punto y otro.
Recordó la joven su última conversación con sor Teresa, en la que habían hablado del destino. Fue antes de que llegara la carta que cambiaría su vida de una forma tan inesperada como cruel.
Decía la madre superiora: “El destino, Piedad, es algo que está en nuestras manos, pues depende de nuestra voluntad”. Le contestaba la joven, “madre, para mí es lo contrario. Creo que el destino no está en nuestras manos, y que en él hay mucho de voluntad ajena y también de azar”.
Respecto a la voluntad ajena que marcaba los destinos de otros ya no le quedaba ninguna duda después de lo sucedido con ella. Con relación al azar aún tenía esperanzas, aunque cada vez menos, que jugara a su favor alguna vez.
Después de aquella conversación los acontecimientos se precipitaron y ya no tuvo tiempo de debatir con su maestra ese punto que tanto le preocupaba. Por tanto, no pudo precisar su pensamiento con su ayuda.
Ahora, en su soledad, no podía concentrarse para hallar un hilo de pensamiento que le permitiera acercarse, aunque fuera un poco, a una respuesta satisfactoria de aquel dilema que se le presentaba como una dicotomía: voluntad –propia o ajena– y azar.
El carruaje paró, hora de cenar y dormir en la cama de un hostal de camino igual que todos los anteriores en los que había estado en aquel viaje no deseado. Cenó frugalmente y enseguida se fue a dormir.
Despertó en la madrugada llena de un sudor frío que como una mortaja le cubría todo el cuerpo. Lloraba en silencio, intentando encontrar en cada lágrima una respuesta a su desvalimiento.
Todavía quedaban varias jornadas de viaje hasta llegar a aquella ciudad tan alejada de sus queridos lugares. Se diría, que la intención de su padre era llevarla al fin del mundo para que nunca pudiera volver.
Después de aquella noche, en la que tocó fondo, pudo tranquilizar su espíritu y disfrutar, de cierta manera, del paisaje que la acompañaba durante el camino. En él encontró un amigo fiel para sus confidencias.
Empezó a ser feliz de nuevo, aunque con una felicidad de tránsito que reconocía insuficiente. No obstante, mucho mejor que el dolor de la melancolía que la había acompañado hasta entonces.
De vez en cuando asomaba la cabeza por la ventanilla y sentía un airecillo fresco en las mejillas que la hacía renacer. A ello contribuía escuchar el resoplido de los caballos de tiro y el grito de sus guías.
No estaba sola, en el mundo había mucho más que las disquisiciones de sus penas. Así lo entendió. Eso la ayudó de sobremanera a reponerse de su desolación. Pronto llegaría a su nuevo destino, lo afrontaría con firmeza.

Continuará…

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