Piedad siguió caminando por el viejo jardín de su infancia con el alma destrozada y las manos encogidas en forma de corazón roto. Su imaginación volaba en vientos turbios que la llevaban y traían al son de pensamientos deshilvanados.
No sabía muy bien lo que estaba haciendo y ni siquiera era consciente de su presencia en algún lugar reconocible. Se encontraba pérdida en una duermevela de diáspora que la paralizaba.
Se sentó en la banca donde tantas veces había jugado con sus amiguitas, las tres mosqueteras, alejadas de su vida, quizá para siempre, hacía tan solo tres días. ¡Qué de promesas se habían hecho! Ya no le sería posible cumplirlas.
Un enorme río de lágrimas se soltó a presión de sus ojos. Lloraba su desgracia, acogiéndola con la agonía de quien va a morir en pecado mortal. No se resignaba, aunque sabía que nada podía hacer.
Se perdía en su interior, se desconocía a sí misma en un laberinto de dudas. Su destino, que siempre había considerado suyo, se había venido abajo con la llegada de la carta de su padre olvidado.
Se sentía dentro de aquel ataúd de pesadilla que tantas veces había soñado de niña y que ahora era una realidad. Las espinas de las rosas rojas se le clavaban en las manos, que le dolían.
Agotada, se perdió en los laberintos de la soledad, que nunca había sido tan inmensa. Su sufrimiento se le hacía interminable, se ahogaba en su propio corazón, se abandonaba de sí misma para convertirse en guiñapo.
Se repetía una y otra vez: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Las palabras no la reconfortaban. Agarraba su rostro con manos sudorosas, ocultándolo. Su fe se rompía con el silencio de Dios.
Se enraizaba en las raíces de los árboles milenarios del lejano bosque y seguía caminando por las bifurcaciones de su propio miedo. La tumba abierta era un inmenso vacío que le devolvía su propia imagen.
Unas manos fuertes la zarandearon. Sor Teresa la miró con lágrimas en los ojos y la abrazó. Piedad se sujetó a esa mujer fuerte, como si le fuera la vida en ello. Murmuró algo ininteligible.

Comentarios