El tiempo transcurrió sin sombras. Piedad se olvidó casi por completo de su padre y su espíritu se llenó del amor de sor Teresa, el cariño verdadero de la comunidad y la amistad tierna de sus amiguitas, las tres mosqueteras. Los libros de la biblioteca de la madre superiora habían sido devorados por sus ojos de niña, que ya eran los de una mujer. Habían sido su refugio, un refugio cálido que la cobijó de la intemperie de los sentimientos aniquiladores.
Las penas habían quedado atrás, junto a una malhadada carta que sucumbió al fuego. La joven ni siquiera soñaba el cruel sueño que la atenazó tantas noches. Su angustia pasada dio paso a la paz interior del presente.
Piedad tomó la decisión de dedicar su vida a Dios y, si era su voluntad, se quedaría en el colegio para enseñar a las nuevas discípulas lo que había aprendido. Estaba segura que con ella la escuela volvería a sus mejores días.
Aquel pequeño pecado de orgullo lo sabía sor Teresa, quien sonreía para sus adentros cuando se acordaba de él. Eran tan inocentes los pecados de su pupila, tan alejados de los mortales de la mayoría de mujeres y hombres.
La monja conocedora de la decisión de la joven que preparaba con sigilo y dedicación su futuro. No podía haber ni el más mínimo error, pero sobre todo, era preciso ganar la confianza y voluntad del padre de Piedad.
Eran días en que el mundo en que había vivido la joven se estaba transformando rápidamente, sin que pudiera detenerlo. De esa forma, las tres compañeras inseparables de su niñez le comunicaron su partida cuando llegara el verano. Debían ellas, conforme a sus propias palabras, afrontar su destino con la valentía de “20 años después”.
Las muchachas se prometieron fidelidad eterna contra viento y marea, contra Tirios y Troyanos. Seguirían estando unidas hasta el final de los tiempos. Se juramentaron, pasara lo que pasara, que nada ni nadie podría separarlas.
Juntaron sus manos al estilo de los tres mosqueteros y con emoción dijeron: “Todas para una y una para todas”. Las lágrimas asomaron en los ojos y sin poder evitarlo lloraron la próxima separación. Un abrazo fraternal selló el momento inolvidable.
Las primeras flores de la primavera asomaban tímidas en los rincones más inesperados del jardín. El frío de la madrugada podía matarlas en cualquier momento, habían nacido demasiado pronto y su vida podía ser tan breve como la de la mariposa.
Aquella noche, Piedad pensó en su futuro con esperanza. En él veía una repetición infinita de su presente feliz. Seguiría estudiando y formando parte de la comunidad que la había acogido como una hija amada. Se convertiría en una maestra atenta y amorosa con sus alumnas.
Sonreía en la oscuridad, dichosa y confiada de que sus anhelos serían realidad en muy poco tiempo, segura de que Dios lo dispondría así. No podía ser de otra forma, ella había nacido para servirle en cuerpo y alma.
Afuera se desató una tormenta terrible que azotó las ventanas con estrépito. La negrura de la noche se llenó de humedad y luces fantasmagóricas, fuertes ráfagas de viento repetían constantemente el mismo eco fúnebre que presagiaba el desastre. Las sombras volvieron.

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