Sor Teresa y Piedad estaban muy felices. Si la monja estaba encantada con las aptitudes y actitudes de su pupila, que era una auténtica esponja con respecto a lo que le enseñaba; la alumna estaba entusiasmada con todo lo que aprendía y muy agradecida de tener una maestra tan dedicada, pero sobre todo que le mostraba a cada momento el gran amor que sentía por ella.
En los menesteres y afanes del conocimiento pasaron volando dos años, y la niña se convirtió en una muchacha encantadora que seguía igual de dulce y amistosa con sus amiguitas, quienes no habían disminuido un ápice el cariño que sentían por su pequeña D’Artagnan; y las hermanas, quienes habían comprendido por fin el carácter de la pequeña y la afinidad de almas que tenía con la madre superiora.
Aquella mañana, tan soleada y hermosa como la primera en que habían hablado de la bondad humana, presentó una novedad inesperada que trastornó a docente y alumna, pero sobre todo a esta última. Sucedió a eso de las diez, cuando ambas estaban leyendo en silencio como era su costumbre.
Sonaron en la puerta los golpes firmes y fuertes de la hermana portera, quien entró como un huracán y sin esperar a que sor Teresa le diera permiso. Presurosa se dirigió a la madre superiora y le susurró algo al oído en voz baja. De pronto, esta se puso pálida y empezó a manotear en el aire como solía hacer cuando estaba muy nerviosa. La actitud extraña de su catedrática inquietó sobremanera a Piedad, quien se puso de pie a fin de socorrerla.
Recobró el ánimo sor Teresa y mandó a la hermana portera que fuera en busca del visitante y lo hiciera pasar de inmediato a la sala de visitas. La niña, que escuchó la orden dada, se puso muy inquieta. Empezaron a temblarle las manos y se cubrió su rostro de una palidez mortal semblante a una máscara mortuoria. Al fin le dijo la madre superiora con voz compasiva: “Piedad, no te alarmes. Tu padre está aquí y quiere verte”.
Fue un golpe muy duro e inesperado que le hizo retroceder unos pasos hasta que su espalda chocó con el librero. “Quédate aquí. Voy a hablar con él un momento. Mientras prepara tu espíritu”. La pequeña agradeció profundamente que le dejara aquellos instantes para reflexionar y calmar sus nervios alterados.
Los minutos de espera se le hicieron horas eternas. Al fin, una de las hermanas, la más joven, fue a buscarla. Nunca el pasillo le había parecido tan oscuro y silencioso, nunca la insignificante luz que salía del filo de la puerta semiabierta de la sala de visitas se había parecido tanto a la que se colaba en la tumba que había soñado años atrás.
El padre estaba de espaldas, todo de negro y sin rostro como se lo imaginaba. Solo sonaba su voz delante del brillo de claridad que era el rostro de sor Teresa en aquellos momentos. “Ya está aquí nuestra pequeña”, dijo con orgullo la maestra. El hombre se giró lentamente. Un infinito de tiempo cruzó el aire que separaba su rostro de la mirada de Piedad, quien salió corriendo sin verlo, aguantándose las ganas de abrazarlo y llorar entre sus brazos, recordando la carta que un año antes había encontrado en uno de los libros de sor Teresa.

Comentarios