La madre Teresa y Piedad estaban muy felices aquella radiante mañana en que la niña empezaba sus clases particulares con la madre superiora. Lo cual había sucedido no solo por el inmenso amor que la monja le tenía, sino, sobre todo, porque la pequeña había demostrado ser una alumna muy por encima de las otras y con un talento natural para el aprendizaje.
La monja la sentó al otro lado de la gran mesa que le hacía las veces de escritorio. En el mismo había varios volúmenes de un tamaño considerable que llamaron poderosamente la atención de Piedad. No pudo evitar echarles una mirada rápida a sus portadas tapizadas en piel. Estaban escritos en latín.
Sor Teresa sorprendió su mirada. Le hizo mucha gracia la carita intrigada y de ceño arrugado que puso la pequeña. “Tócalos no muerden”, le dijo. Las manitas acariciaron uno tras otro los lomos de los volúmenes.
“Son muy antiguos, de hecho son medievales. Los pudimos rescatar de un convento que se incendió hace 10 años. Fue un milagro de Dios que se salvaran y que nosotras pudiéramos llegar a tiempo para que no cayeran en manos de libreros sin escrúpulos, sobre todo de Don Sebastián, que no se pierde una.
“¿Pero de qué tratan madre?” “Lee”, le contestó sor Teresa. Piedad leyó sin ninguna dificultad y comprendió que todos ellos trataban de la bondad humana, y eso mismo fue lo que en voz alta transmitió a su maestra.
“Muy bien, ¿pero qué es la bondad humana? Dime lo que es para ti”. “No sé mucho de esas cosas, y pienso que quiere que le dé una respuesta sincera y personal, y no lo que Marco Aurelio, Tácito, Terencio o antes que ellos Sócrates, Platón y Aristóteles; e incluso anteriores a estos maestros tan antiguos, Heráclito, Anaxágoras y Pitágoras, dijeron”.
“Así es mi estimada Piedad, lo que quiero saber es lo que tú piensas de la bondad humana, no lo que los clásicos o los modernos filosofaron sobre ella”. La pequeña D’Artagnan no evadió la pregunta y le contestó con una madurez sorprendente.
“Es una pregunta difícil de un tema extremadamente recurrente en el pensamiento humano, y sobre el cual algo he leído y reflexionado”. Calló por un momento y miró por la ventana. Escuchó el latir de la vida en el día. Un ruiseñor enamorado cantaba.
“La bondad humana es amor madre. No podría definirlo de otra manera. Amor hacia el prójimo como a uno mismo, e incluso más que al propio ser. Es el amor de una madre por su hijo recién nacido cuando lo ve por primera vez.
“No sé si te das cuenta de que tu respuesta es extraordinaria y está a la altura de las dadas por San Agustín, Santo Tomás, San Clemente y San Buenaventura” dijo sor Teresa exaltada. Se levantó y dio un gran abrazo a la niña.
Continuó, “yo nunca hubiese dado con una respuesta tan adecuada y brillante, hubiese acudido a mis autores para salir del paso. Pero tú has tenido un momento de lucidez, muy propio del éxtasis de Santa Teresa o de Santa Clara, nuestra fundadora”.
Se calló por un momento y la miró con cara de arrobo. Piedad tomó con gran esfuerzo uno de los volúmenes y empezó a mirar las extrañas representaciones de la bondad que un artista había dibujado en el siglo XI.
“¿Qué te dice ese grabado?”, volvió a preguntar la monja. Utilizaba la mayéutica, inventada por Sócrates hacía miles de años, como método pedagógico. La niña no tardó ni un segundo en dar su
respuesta.
“Es de gran belleza y corresponde a un periodo espiritual que ya no es el nuestro. Eso hace difícil contestar desde nuestro conocimiento o razón. Por lo tanto, debemos hacerlo desde el sentimiento profundo que nos provoca posar la mirada en tan bellas imágenes.”
“Y bien, ¿qué sentimiento te provoca a ti?” “Lo dije antes. Amor…, un profundo amor por la obra de Dios”. La madre superiora se la quedó mirando con veneración, suspiró y entre dientes se pudo entender que decía: “eso es, eso es”.

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