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Piedad (novena parte)

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Los días transcurrían igual de alegres que el primer día. No había tiempo de aburrirse. Los dos niños y las cuatro niñas imaginaban juegos e historias a cada instante, y cuando no eran ellos eran los padres quienes se les unían con nuevas ideas para divertirse.
Piedad no había encontrado ningún momento de soledad en las tres semanas que llevaba allí y tampoco había tenido ningún instante auténticamente triste. Todavía quedaban otras tres semanas más antes de la despedida de tan maravillosas personas y tan hermoso lugar. Pero no había que pensar en eso. De hecho, nadie lo hacía.
Aquella mañana se levantaron todos con un humor espléndido, y hasta el día, con su claridad cristalina, acompañaba a las buenas sensaciones que los habitantes de la casa tenían aquella jornada de mediados de agosto.
Rubén propuso que lo pasaran al aire libre, y que mejor lugar que el pequeño y tranquilo estanque que estaba a la corta distancia de un paseo. Eso sí, habría que ir bien preparados, es decir, llevar trajes de baño, toallas y muchos alimentos para la comida y la merienda.
A todos les pareció muy buena la idea y acordaron que una hora después del desayuno partirían. La mamá con su ama de llaves se encargarían de todos los preparativos. Mientras eso hacían, los muchachos, excitados, hablaban quitándose las palabras de la boca.
Quien puso cierto orden fue Aramis; quien, observando la perplejidad y aturdimiento en que estaban dejando a su amiga, estableció un orden alfabético de palabra y un tiempo para ejercerla. La estratagema funcionó a la perfección para alivio de la adolorida cabeza de la visitante.
Piedad se enteró de la distancia que tendrían que recorrer, de los paisajes que encontrarían en el camino y, lo que era lo más importante, qué iba a encontrar en el lugar al que iban. En ese momento no decidieron que harían allí, pero todos tenían en mente echarse un chapuzón y divertirse dentro del agua. Allí podrían improvisar y dedicarse a lo que más placer les diera.
La señora de la casa no tardó en llamarlos uno por uno para equiparlos, lo hizo del más grande al más chico, no por edad sino por estatura, aunque curiosamente ambos aspectos coincidían, por lo que no formaban un orden distinto.
Una vez listos los tres adultos y los seis personajes de Alejandro Dumas se pusieron en marcha en una fila india que no resistió ni un kilómetro para romperse, pese a la vigilancia del papá, quien, por otra parte, fue el primero en romperla.
Piedad miraba todo con ojos de primera vez: aquella flor de un azul pálido que reflejaba el Sol en su corola y estambre, y cuyos sépalos de un verde intenso lloraban todavía gotas del rocío del amanecer; los abedules que le parecían gigantes y que daban sombra en todo el camino.
Otras mil maravillas asombraron sus sentidos mientras sus compañeros corrían y saltaban alrededor suyo señalándole a cada paso lo que creían le podía gustar. Ella agradecida les sonreía con sencillez.

Continuará…

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