Nace Piedad, dentro del origen nocturno del amor. Nace pura y llorando lágrimas de gozo al verse viva. Su madre la mira desde la cama pulcra y en desorden, que ha servido para todos los partos de la familia de su marido desde hace muchas generaciones.
La madre está agotada y feliz. Su cara redonda y su cabello rubio, alterado por el esfuerzo, dicen algo del frenesí previo, pero nada del dolor inmenso que cuesta dar la vida. Sus ojos hablan más, pero no lo suficiente.
Hay espectadores alrededor: mujeres de la familia y la comadrona. El padre tardará en entrar, solo lo necesario que demore poner en condiciones el lugar, a la niña y a la madre, en ese orden. Nadie se da cuenta de que el ambiente está viciado. Pese a ello abren la ventana para que el aire fresco inunde el cuarto.
Hay un momento de pausa, un lapso indefinido en el que el tiempo se detiene en los ojos de la recién nacida que mira a la madre, que la mira a su vez. Ese instante definirá muchas cosas a lo largo de los años; aunque Piedad, que no sabe que se llamará así, nunca recordará esa mirada.
La mirada de la madre se apaga, por un instante cierra los ojos y siente el agotamiento en todo el cuerpo, que pasa de la debilidad a la calma de la muerte sin darse cuenta. Pierde la tensión de la vida y se aleja.
La niña Piedad solo ve, todavía boca abajo, la precipitación intensa de los movimientos alrededor de aquella desconocida que la había mirado por un instante antes de que se apagara su mirada y se volviese hacia dentro, hacia la rigidez de los párpados.
Ahora llega el padre, sin sonrisa, sacude el cuerpo de la mujer. La mira a ella culpándola. Ella que ninguna culpa tiene, se siente culpable y llora para expiar un pecado que no tiene. La sacan precipitadamente y la llevan a una habitación sin luz que le da miedo.
Allí pasará sus primeros días, sin más compañía que su ama de cría, una mujer ruda y malcarada que la ve como un objeto al que hay que nutrir por dinero, y que no le dedica ninguna sonrisa y menos aún, que no le da la caricia que tanto anhela.
Se siente infeliz aunque desconoce que significa esa palabra. Se la pasa llorando todo el tiempo y solo se siente algo dichosa cuando tiene sueños sin sentido y alocados que son como premoniciones del porvenir.
Su padre no se le acerca hasta pasadas las dos semanas de duelo, lo hace desganado de quererla y cumpliendo un deseo de la abuela, su madre, que ha venido para el funeral y a hacerse cargo de la casa mientras le busca otra esposa.
El abuelo también ha venido y es la primera persona, a parte de la madre muerta, que le dedica una sonrisa y le hace una caricia en su cabecita rubicunda. También es el primero que nota el gran parecido que tiene con su progenitora, pero sobre todo con su papá.
El tiempo con el abuelo, que se la pasa con ella, es una época feliz que la hace dejar de llorar, que le enseña lo que es el amor tierno de un ser por otro. Con el abuelo aprende, pasado el tiempo, su primera palabra. No es esta, como suele ser, ni papá ni mamá sino “tata”.
El abuelo, cuando la escucha por primera vez, se le saltan las lágrimas. No puede contener la emoción y a todo el que pasa por la casa le señala a su nieta y le pide que diga la palabra para satisfacción suya.
Tardan en bautizarla, pese a los ruegos de los abuelos que temen que muera antes de recibir el sagrado bautismo. No es hasta que tiene un año que su padre la lleva a la iglesia para que el sacerdote le imponga el nombre de pila que la acompañará hasta la muerte. Se llamará Piedad como su difunta madre.

Continuará…

Comentarios