Los primeros años de la niña transcurrieron en el círculo cerrado del abuelo y la abuela. Él representaba un mundo de sueños y fantasías que la hacía sentirse feliz y dichosa; era también un amparo al que acudía cuando le embargaban las lágrimas de no sentirse querida por su progenitor.
La abuela era la disciplina rígida de una educación impuesta en las buenas formas de la clase social a la que pertenecía la niña sin saberlo, y sin tener idea de qué se trataba aquello de la clase social que tanto aludía la anciana y que le sonaba a Piedad tan a chino como el idioma mandarín que aprendería después con fluidez.
El padre era una figura de cartón-piedra al que solo veía por los filos de las puertas. Siempre de negro, con un caminar pausado y la mirada ausente cuando no se cruzaba con la suya, entonces de reproche duro hacia la inmensa sensibilidad de su hija. Sin decirlo, la acusaba todavía por la muerte de su amada esposa, a la que no podría nunca sustituir pese a llevar su nombre.
Así pasaron cinco años, los que tardó la abuela en encontrarle esposa apropiada a su desolado hijo. Una mujer pulcra y de la mejor familia, según sus propias palabras. Un estorbo para la armonía familiar que se había alcanzado, decía el abuelo, al que no le había gustado nada aquella muchacha lozana procedente del campo.
El futuro marido no había expresado ningún sentimiento y había dejado a su madre hacer los tratos que permitirían al matrimonio entrar en la vida conyugal con los arreglos imprescindibles atados.
La nueva mujer se llamaba Gertrudis y era una rubicunda con la cara llena de pecas. Sus ojos marrones eran lo más bello de su rostro redondo, atravesado por una gran nariz y rematado por largas orejas puntiagudas que todo escuchaban.
Desde el primer momento no se sintió a gusto con su madrastra y esta pronto le dio la razón. Sucedió que se la cruzó un día sin la compañía del abuelo, lo cual era extraño, y la mujer aprovechó para menospreciarla y decirle malas cosas sobre su mamá muerta.
No tardó mucho tiempo en empeorarse las cosas para Piedad. El régimen impuesto por la madrastra hacía suave al de la abuela, quien ya no mandaba más en la casa. Poco después los abuelos agarraron sus cosas y se fueron.
La despedida del abuelo fue muy triste. Piedad se la pasó llorando todo el día y toda la noche. Su madrastra harta de tantas lágrimas y gimoteos entró en su habitación sin llamar, se acercó a ella y le dio una bofetada que la dejó hipando.
Los días siguientes se los pasó encerrada en su habitación, castigada sin poder salir y con apenas comida para subsistir. El padre no decía nada, en el fondo estaba contento de no ver a la mocosa que le hacía recordar lo infeliz que era.
Dos meses después la sentaron a la mesa del comedor y le dijeron con voz solemne que en 15 días la iban a llevar a un internado de monjas muy bonito, donde aprendería muchas cosas y estaría rodeada de niñas como ella. Loe dijeron que jugaría mucho y que sería muy feliz. No se creyó nada.
Continuará…

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