La enfermedad de Piedad había sido muy desgastante para toda la comunidad de monjas y para sus tres amigas, pero sobre todo para la madre superiora, quien no se había separado un segundo del lecho de la enferma.
Sor Teresa ya no era joven y la tensión nerviosa que había sufrido durante tanto tiempo había mermado considerablemente sus fuerzas. Su rostro pálido, teñido por grandes ojeras, y el decaimiento general, expresado en la compostura de su cuerpo, eran los signos más evidentes del cansancio que sufría todo su ser.
No obstante, la luz de sus ojos y su sonrisa eran luminosas y daban a entender que el sufrimiento de su espíritu había dado paso, con la salvación de la niña, a una alegría tan enorme que era difícil expresar con palabras.
Pronto se vio a Piedad en las aulas con la misma actitud de querer saberlo todo y en poco tiempo las monjas volvieron a quejarse con la madre superiora de que las ponía en evidencia delante de sus tres compañeras.
Sor Teresa les contestaba que tuvieran paciencia, que la verdadera sabiduría estaba en ser dóciles con los débiles y que los niños eran quienes lo eran más y, por tanto, quienes necesitaban más de la guía espiritual que ellas podían brindar.
Así pasaron tres años, en los que Piedad aprendió todo lo que podían enseñarle en cuanto a conocimiento, pero en los que la falta de visitas de su papá y el no tener tiempo junto a él se le clavaban en el corazón.
En esos años tuvo pocas cartas y apenas noticias de su casa. Supo que su madrastra había muerto de parto, como su propia madre, al año de la muerte de sus abuelos. También supo que su hermanito no había sobrevivido más que unos instantes al momento de nacer.
En esta ocasión no la vinieron a buscar para ir al entierro. No le dijeron nada hasta pasados dos años de los sucesos. Seguramente había tenido que ver en ello la enfermedad que le sobrevino justo después del funeral de sus abuelos.
Se imaginaba a su papá de luto riguroso y apenado, solo en la gran casa, sin nadie con quien compartir su inmensa pena. Entonces, ¿por qué no había acudido a ella para aliviarse de su dolor? Ella era su hija y hubiese podido consolarlo.
Eran solo pensamientos de una niña sentimental. Se limpiaba las lágrimas y procuraba sonreír a sus tres amigas, quienes se condolían de su tristeza. La invitaron a pasar la temporada de descanso escolar a la casa de sus papás. Se divertirían mucho y harían muchas travesuras junto a sus hermanos: Ricardito, el Conde de Montecristo; y Rubencito, el caballero Héctor de Sainte-Hermine.
Sor Teresa consultó con el doctor Ernesto Urbino si la niña podía pasar esas semanas en el campo con sus amigas. Este le contestó que no solo podía, sino que era menester que lo hiciere. Seguidamente pidió permiso a don Eusebio Alcacer, padre de la niña, quien respondió que a él no le importaba que hiciera la mocosa. Naturalmente, la monja nunca le enseñó a Piedad esa carta. La metió en el libro de los amores, muy escondido en su enorme biblioteca.
El tiempo pasaba muy despacio pero pasaba, y más pronto que tarde llegó el momento de la partida tan ansiada. La madre superiora lloraba por anticipado la ausencia de su adorada niña, quien a su vez lloraba y reía al mismo tiempo: lloraba por una añoranza anticipada, reía de ilusión.
Continuará…

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