Inicio Opinión Artículos Piedad (Sexta parte)

Piedad (Sexta parte)

244

K empezó a escribir de nuevo una escena que no le había dejado convencido, pese a que reconocía que en ella estaba su estilo. Había escrito: “Despertó de su agonía después de tres semanas. Desahuciada de la vida empezó a vivir con dos corazones en el pecho. Más hermosa que nunca volvió con las monjas. Su tercer corazón, sor Teresa, la estaba esperando con los brazos abiertos”.
Sin duda, pensó, “le falta una mayor precisión. ¿Qué pasó en esas tres semanas? Son semanas que definen el devenir de varias vidas y que han quedado en el vacío de una fórmula poética inespecífica”. Volvió sobre esos días.
La inesperada muerte de los abuelos le había dejado al borde de la muerte. Enferma de pena casi muere ella misma consumida por una fiebre que le hacía ver visiones y oír voces que hablaban lenguas muertas que entendía.
De todo aquello le quedaron dos recuerdos difusos que por un tiempo se le repitieron en sueños. El primero era el de su abuelo llorando pétalos de rosa que caían en sus párpados. El segundo, el de los besos y caricias de su mamá.
Sor Teresa no se había apartado un instante de la cabecera de Piedad. Ella había sido la enfermera infatigable que le daba las medicinas a sus horas, la que le ponía regularmente las compresas frías de vinagre en la frente, pecho y tobillos.
Las otras hermanas, viendo el cansancio acumulado de la madre superiora, le suplicaban que se fuera a descansar, que ellas se harían cargo de la niña. Pero no hubo fuerza humana que consiguiera separarla un instante de la enferma.
El doctor que reconoció a Piedad no daba muchas esperanzas. Decía que era demasiado pequeña y que su corazón no resistiría. A ello Sor Teresa respondía que de ser preciso ella le daría su propio corazón.
Pasaron los días y la paciente no mejoraba. Las hermanas, a escondidas de la madre superiora, empezaron a prepararle la mortaja y el vestido con el que viajaría al otro mundo, el más bonito de su ajuar. Sus zapatitos también serían hermosos.
Pasados diez días, con la niña cada vez más debilitada por la fiebre, pensaron en llamar a sus padres, pero sor Teresa se negó. Piedad no moriría, ella se la sacaría a la Muerte si menester fuera.
Las lágrimas de la monja caían en los párpados cerrados consumidos por la fiebre, sus caricias y besos cubrían el rostro de Piedad. Luisa Rosa Zamora Flores, verdadero nombre de la madre superiora, se deshacía por dentro. Ella le daría vida a la pequeña, aún a costa de la suya.
La crisis se produjo en el décimo octavo día de la enfermedad. Fue una noche terrible en la que todo el convento estuvo despierto. Las hermanas que no rezaban estaban llevando todo lo necesario a sor Teresa, quien servía de enfermera al doctor Ernesto Urbino.
“Si sobrevive está noche vivirá”, había dicho el médico en medio de la batalla. La niña luchaba con unas fuerzas superiores a las de ella misma. Provenían de Dios, decían las monjas. A las cinco de la mañana hubo un momento de calma.
Con un cansancio infinito miró a sor Teresa recostada en un sillón y al doctor, de espaldas y con los anteojos en las manos exhaustas, mirando como amanecía. Intentó decir algo, pero la voz se negó a salir de su garganta. No importaba, se sentía viva.

Continuará…

Comentarios