El joven poeta fue la atracción de la velada y para muchos, incluidos don Rogelio y Piedad, un descubrimiento difícil de olvidar. No solo su personalidad era de lo más seductora para personas de tan poco mundo como eran la mayoría de los concurrentes, sino que su forma de desenvolverse en sociedad era tan novedosa que atraía por su singularidad.

Recitó varios poemas del libro premiado y todos quedaron extasiados por la voz, el gesto y el contenido poético. Trascendieron, pues, los concurrentes y se puede decir que casi levitaron arrullados por los tonos y timbres que el poeta daba a su lectura.

Por difícil que fueran sus nombres y sus apellidos, a todos se les quedaron grabados con el fuego que había impregnado en sus corazones, quien desde entonces formaría parte, por méritos propios, del selecto club literario de la ciudad.

Sin desmerecer un ápice de lo que acababa de acontecer, don Rogelio se puso a tocar el piano y Piedad se puso a cantar unas arias recién llegadas del viejo continente, y que por tanto nadie conocía aún. No fueron apreciadas estas en su justa medida, quizá porque eran demasiado novedosas y atrevidas para el gusto sencillo de los miembros del club literario. Sin embargo, el joven poeta, más versado en música que los demás, las aplaudió con vehemencia.

Piedad, no pudo más que sonrojarse, pues los aplausos venían acompañados de miradas demasiado ardientes del joven, quien expresaba con los ojos demasiada veneración hacia su persona y poca a la música que acaba de interpretar.

Terminada la reunión, don Rogelio invitó al joven a cenar y aceptó encantado, más por el placer de tener de cerca a su admirada anfitriona que por el gusto de las exquisitas viandas y bebidas que le iban a ofrecer.

La cena transcurrió de forma muy mundana, pues el poeta era una persona tan culta o más que los dueños de la casa, y a esa cualidad añadía una memoria extraordinaria, que unía a un comportamiento desenvuelto, pero sin perder la compostura en ningún momento.

En definitiva, se trataba de un ser extraordinario, que bajo su apariencia superficial reunía una espiritualidad sensible muy próxima a la de Piedad, como ella pudo intuir desde su corazón algo encogido por las miradas que el poeta le dedicaba.

Cuando se despidieron, el joven tomó su mano derecha y posó sus labios levemente en ella. Fue apenas una caricia que hizo que enrojeciera. Por suerte, para Piedad la noche era muy oscura y nadie notó el cambio de color en sus mejillas.

Los esposos pasaron largo rato hablando de su invitado, y pese a que Piedad se mostraba remisa a volverse a encontrar con aquel “hombre fascinante”, palabras textuales de su marido, don Rogelio la convenció de que el joven podía ser un aliado formidable para la carrera política que quería emprender.

Los dos soñaron con el poeta, pero de forma distinta. Él escuchando los discursos políticos que le escribía. Ella repitiendo una y otra vez la sensación de aquel beso en su mano. Ambos confundidos y a la expectativa, esperando el futuro que habría de llegar bajo los nombres extraños de su nuevo amigo.

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