Llovía como nunca había llovido. Parecía que todas las lágrimas del cielo caían juntas para recordar a los hombres que Dios estaba afligiéndose de su conducta y reclamándoles más bondad y amor.

Los rayos eran espantosos, el rugir de los truenos más que horroroso y el ulular del viento haría temblar al más templado de los temerarios. Piedad y doña Rebeca se abrazaban asustadas, arrodilladas en el fondo más oscuro de la biblioteca.

Les rechinaban los dientes y a cada nuevo resplandor del cielo se santiguaban, esperando que la centella no cayera demasiado cerca. Arriba, una ventana abierta tableteaba sin misericordia para las espantadas mujeres.

Inesperadamente alguien entró en la sala con un farol encendido que temblaba entre sus manos inseguras. Se aproximó a ellas dando tumbos. Parecía un fantasma con el rostro lleno de sombras en su larga barba. Las mujeres gritaron al unísono y se taparon el rostro para no ver, para espantar al espanto con su ceguera.

No lo consiguieron, los pasos seguían acercándose y la luz del farol se iba extinguiendo.

Inesperadamente, el hombre cayó al suelo cuan largo era produciendo un ruido más terrible que el de los truenos y el ulular del viento. El farol quedó frente a él iluminando su rostro. Era don Rogelio.

Las mujeres al reconocerlo, rápidas como un huracán, fueron a atenderlo. Como pudieron lo subieron al piso de arriba, a su recámara. Lo tiraron en la cama vestido. Ardía en fiebre y seguía sin tener conciencia, murmuraba palabras ininteligibles.

No tuvieron más remedio que desnudarlo y ponerle compresas de vinagre frías en las sienes, en los sobacos y en las plantas de los pies. La temperatura no bajaba y de seguir así el hombre no amanecería vivo.

El sufrimiento de Piedad era inmenso. Ahora que lo había recuperado lo iba a perder de nuevo, y esta vez para siempre. Quitó ese pensamiento doloroso de su mente y siguió luchando por la vida del que ya era su amado.

Se lo arrebataría a la muerte aunque fuera con los dientes. No permitiría que se lo llevara, si menester fuera le daría sus propias fuerzas a él. Su determinación era absoluta y no tenía límites. Don Rogelio no podía estar en mejores manos.

Mandó al ama de llaves hacer un cocimiento con las plantas que le indicó. Una vez tuvo el mejunje se lo aplicó en todo el cuerpo. El olor era insoportable, pero ella no sentía nada, seguía luchando desesperadamente por bajarle la fiebre.

De vez en cuando lo besaba en la boca para medir su temperatura, le tocaba la oreja o el pecho o los pies; pero en vez de disminuir, la fiebre aumentaba más y más. No tardaría mucho en darse la crisis definitiva.

El hombre temblaba. Tuvieron que sujetarlo entre ambas para que no se cayera al suelo, pero él era muy fuerte y se resistía. Seguía moviéndose, arqueándose y despegando el cuerpo de la cama. Era la crisis última, la más temida.

Finalmente, la receta que le aplicó Piedad, untándole todo el cuerpo con sus propias manos, dio resultado. Don Rogelio empezó a calmarse, a respirar con un ritmo casi normal.

La fiebre bajo poco a poco, dejando al extenuado hombre un resquicio de paz.

La vida había triunfado, Piedad le había arrebatado a la muerte su presa. Sentía un cansancio mortal, pero seguía vigilante, observando con infinito amor al ser que yacía derrotado en la cama. Nunca creyó sentir tanto amor. Se tumbó a su lado.

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