El sueño había vencido a ambos, un sueño lleno del arrullo impreciso de una felicidad naciente e incierta, pero que al mismo tiempo se mostraba como la única certidumbre posible, la que posibilitaba una condición de lucha y esperanza.

En esas condiciones, los dos amantes, que aún no sabían que lo eran, en verdad, se situaban en una posición de duda, pero también de verdad, no en un sentido probabilístico que diera lugar a cierto tipo de certezas, sino como una precisión metafísica de principios absolutos para la acción.

Era evidente que todo eso que pensaba Piedad y que entre duermevelas terribles, próximas a la muerte, inundaba la mente de Don Rogelio, era fruto de una perturbación física que manifestaba una necesidad corporal que el espíritu intentaba esconder con imposiciones racionales expresadas en discurso.

El hombre se mantenía encerrado en su caparazón, escudado en una enfermedad que le servía de excusa para excusarse de su debilidad emocional. Se dejaba cuidar por la mujer, y hasta cierto punto se dejaba amar por ella sin dar nada a cambio. Se escondía, pues, estaba arrebujado en un sueño que hacía perdurar en el tiempo innecesariamente.

El médico había dicho con claridad que su vida todavía corría peligro, y que de repetirse una crisis semejante a la primera moriría sin remisión. También expresó la necesidad de que Don Rogelio permaneciera en reposo absoluto hasta que recuperara sus fuerzas.

Piedad luchó con la fiereza de una leona para que fuera así, apenas se despegó de la cabecera del paciente en los breves descansos que se dio a sí misma, y en los que doña Rebeca ocupaba su lugar.

Pasaron así tres semanas de angustia en las que no se produjo mejoría alguna del paciente. Don Rogelio seguía sin recuperar la conciencia, aunque parecía tener periodos cortos de lucidez en los que, sin embargo, mezclaba tiempos, espacios y argumentos carentes de sentido.

Por ellos averiguó Piedad, mejor dicho pudo intuir, cuáles habían sido las andanzas de su marido en aquellos largos cinco años de ausencia. Una emoción extraña la invadía cuando, a través de las palabras de él, adivinaba su carácter esencialmente moral, al que ella respondía desde su igualdad de principios.

La perduración de la enfermedad de Don Rogelio no podía ser eterna, y no lo fue. Una mañana, muy temprano, despertó al fin. Demandó a la somnolienta de Piedad que ordenara un copioso desayuno. Tenía la mirada clara, la tez morena y el habla precisa de quien goza de una salud perfecta.

Fue el fin que daba inicio a una nueva vida. La esperanza de un amanecer que se esperaba con ansia desde hacía demasiado tiempo. Las flores crecerían hermosas en la tierra abonada por el amor, al menos eso creía Piedad.

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