El poeta de nombre impronunciable se volvió compañero inseparable del matrimonio. Por todas partes se les veía juntos, y cualquiera que los veía consideraba que era un exceso que permanecieran todo el tiempo agarrados del brazo.

Las murmuraciones y maledicencias, de las que tanto gustaban los habitantes de la ciudad, no tardaron en hacer escarnio y burla de don Rogelio, al que consideraban demasiado considerado con su mujer y su supuesto amigo.

Los tres involucrados, sin embargo, permanecían ajenos a todas las habladurías y seguían su vida como si únicamente existieran ellos en el mundo. Doña Rebeca intentó hablar varias veces con el señor del asunto con el fin de que hiciera algo para acallar los rumores, pero este nunca la escuchó.

Vivían los tres en una nube que habían fabricado con afinidades y simpatías mutuas. Nunca hubo almas en este mundo tan parecidas, jamás tres espíritus se habían comprendido tan perfectamente.

Lo anterior no había sido, empero, suficiente para evitar que el hormigueo de la carne empezara a perturbar a dos de aquellos nobles corazones, quienes se afanaban por no caer en culpa alguna ante el tercero.

El poeta se estaba enamorando de Piedad y esta luchaba contra ella misma para no caer en el mismo sentimiento. Estaba enamorada de su marido, de eso no le cabía ninguna duda, pero en el otro encontraba un no sé qué, que no sabía explicarse. Le atraía en demasía su forma libre de ser, que transmitía con total intensidad en cada momento.

La mujer no temía las consecuencias de un acercamiento excesivo, sino el daño emocional que podría causar a don Rogelio. Evitaba, por tanto, la cercanía con el poeta, lo hacía procurando no quedarse nunca a solas con él.

Lo anterior era extremadamente complicado, pues su marido confiaba demasiado en un rival de amores al que no tenía por tal, y al que consideraba como un amigo incapaz de traicionar la confianza que había depositado en él.

Cada vez con más insistencia el poeta mostraba su naturaleza atrevida con respecto a unas intenciones que eran visibles para Piedad y ocultas para su marido, quien se mantenía ignorante.

Aquella mañana, don Rogelio entró en la biblioteca en busca de un libro, en cuyo interior estaba la cita que le haría ganar la apuesta que había hecho con su huésped, quien aprovechó aquel tiempo precioso, que había buscado con suma astucia, para acercarse a Piedad y hacerle una proposición.

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