La recuperación de don Rogelio fue completa y espectacular. El doctor estaba sorprendido de que se hubiese curado tan pronto y tan bien. Lo atribuía a la naturaleza extraordinariamente fuerte del señor, aunque no dejaba de ser un caso extraño, único, decía él. En sus muchos años de facultativo solo había atendido uno parecido, y no tan grave.

Piedad sonreía para sus adentros ante lo que el doctor calificaba de milagroso, aunque no con esas palabras, un pudor laico se lo impedía. Se creía hombre de ciencia y como tal no podía creer en fenómenos que se escapaban a la razón.

Sabía la joven que la naturaleza de su marido nada tenía que ver con la rapidez relativa en que había retornado a la senda de la salud. Eran las hierbas, que describía el volumen prohibido de plantas medicinales que yacía en la mesa del escritorio de la biblioteca, las que eran las únicas responsables de haber curado la neumonía del joven.

Pasada la crisis, se la pasó comiendo a todas horas y sin parar de hablar. Tal pareciera que la cercanía a la muerte le había abierto sobremanera ambos apetitos: el del paladar y el de la palabra. Sin embargo, no había resto de gula o de imprudencia en su proceder.

Supo Piedad de las andanzas de don Rogelio en aquellos cinco años de ausencia, mismas que había intuido en los murmullos de la fiebre. Ahora quedaban confirmadas por lo que él decía en pleno uso de sus facultades.

Cuántas veces se había salvado en el último instante por una especie de suerte que creía llevaba adherida a la piel como un tatuaje, cuántas veces había salido de un lugar instantes antes de que se lo llevara un mal viento.

Ignoraba, claro está, que su esposa lo encomendaba todos los días a fuerzas superiores a las de cualquier humano, y que esos rezos de ella tenían mucho que ver con lo que él llamaba “su suerte adherida a la piel”.

Ella estaba encantada de que le contara todo aquello y él estaba extremadamente contento de que su mujer lo escuchara con aquella atención tan especial. Los días y las noches pasaron con velocidad de vértigo en aquella ilusión en las que ambos estaban sumergidos.

Llegó la tarde en que las historias del hombre terminaron y empezaron las de la mujer, que se resumían en sus lecturas y pensamientos, y en algunos sucesos sin importancia que le habían sucedido en el club de escritores, que él escuchó con gran placer.

La noche del lunes 17 de noviembre, una noche templada en la que brillaba una gran Luna blanca en el cielo estrellado, se miraron con el ansia propia del amor. Enamorados, permanecieron juntos hasta el amanecer.

 

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