Uno a uno, los días pasaron y los meses transcurrieron. Las estaciones se sucedieron unas a otras, muy parecidas pero no idénticas. Los mismos cinco años de ausencia fueron los mismos cinco años de presencia.

Piedad y Rogelio, ya sin el don entre ellos, se descubrieron el uno al otro de una forma tan completa que ningún resquicio del alma quedó sin indagar. Ambos comprendieron que formaban una unidad indisoluble.

Después de la terrible enfermedad en que casi muere, el joven adquirió un carácter más afable y menos apegado de sí mismo. Por su parte, ella conoció que el amor era algo tan dulce como amargo, y que preservarlo requería un trabajo extenuante.

El primer año lo pasaron sin salir del caserón, que se convirtió en su refugio. Les bastaba con estar en la biblioteca, calentados por la gran chimenea en invierno, o en el jardín, al que se accedía a través de ella, en las horas y estaciones de buen tiempo.

Leían constantemente y dedicaban unas horas de cada jornada a discutir sus lecturas. Su pensamiento era muy parecido, pero algo distinto; complementario en muchos aspectos y en pocas ocasiones contrario, aunque con puntos de encuentro.

En esas discusiones entraba también la hermana Teresa, aunque fuera por vía de la correspondencia que le enviaba regularmente a su pupila. En esos casos, la balanza siempre se decantaba a favor de Piedad, pues su maestra siempre era de su mismo parecer.

Encontraron la felicidad en ese modo de vivir y no necesitaban nada más. El mundo quedaba detrás de las paredes de la residencia y ahí debía estar, sin traspasar el recinto sagrado que los cobijaba.

Si ellos no ansiaban inmiscuirse en los asuntos mundanos de allá fuera, ¿por qué estos tendrían que ir a buscarlos? Pero el asunto no era tan fácil, don Rogelio era una persona pública, de gran relevancia en la vida social y política de la ciudad e incluso del país.

Por su parte, Piedad se había labrado un nombre entre las élites culturales y su ausencia se hacía notar en exceso. En especial porque era la única mujer que había sido admitida en los círculos más cerrados del arte local.

Todo eso no les importaba a los dos implicados, quienes seguían su vida como si realmente fueran dos desconocidos a quienes los vínculos sociales no ataban en absoluto. De hecho, para ellos era una delicia estar en la situación de invisibles para los demás. Pero el caso es que no lo eran en absoluto.

Empezaron a llegar reclamos de todos lados. La situación de soledad ansiada se hizo insostenible por más tiempo. Su ausencia empezó a ser tan evidente para ellos mismos que no pudo prolongarse.

Aquella mañana del mes de marzo, después de meses sin dejarse ver, aparecieron cogidos de la mano en la fiesta que organizaba el círculo de escritores en honor de uno de los suyos: un joven poeta de apellido impronunciable y versos románticos.

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