Los años pasaron rápido, demasiado rápido, y antes de que se dieran cuenta las monjas, las niñas ya eran unas jovencitas hermosas y las hermanas iban camino a una vejez placentera que no les causaba ningún temor, al menos eso se decían ellas en la intimidad de sus cuartos bien acondicionados y confortables. De hecho, no había pasado tanto tiempo.
Aquel día, en que el Sol brillaba sin quemar y en el que solo alguna nubecilla pasajera en forma de borrego corría tranquila por un cielo azul espléndido, se celebraba el cumpleaños número once de Piedad.
Todas le habían preparado una fiesta en secreto, pero la que había puesto más interés para que fuera todo un éxito, digno de los anales del colegio, había sido sor Teresa, quien amaba cada día más a aquella pequeña que crecía demasiado aprisa.
La celebración tuvo lugar cuando acabó la clase de griego, en el gran salón principal, que no era, por supuesto, tan grande, pero que sí tenía la longitud adecuada para cualquier tipo de festividad como aquella, en la que estaría reunida la comunidad en pleno.
A la madre superiora le brillaba la cara de felicidad en el segundo exacto en que Piedad asomó por el salón, acompañada de su amiga Raquel, y todas aplaudieron y le cantaron las mañanitas.
Le temblaban las piernas debajo del hábito, pero no se le hubiese notado la emoción que la invadía sino fuere por alguna lágrima suelta que cruzaba por su rostro, que ya empezaba a tener alguna que otra arruga.
La felicidad reinó por todas partes y Piedad se sintió a la vez alegre y triste. Alegre porque sentía el amor y cariño de todas las que la rodeaban, triste porque su padre no había venido a festejarla y tampoco le había escrito una tarjeta de felicitación.
Dejó aquella pena en lo más recóndito de su corazón y se mostró muy contenta. Para todas tenía una palabra de agradecimiento sincero y un gesto de reconocimiento que le salía del corazón. Ellas apreciaron por igual la forma en que la niña les agradecía su cariño.
Comieron muy a gusto las sabrosas viandas que la hermana cocinera había preparado para tan solemne ocasión, sobre todo los postres que eran deliciosos y variados en sabores, texturas y colores.
Sor Teresa amenizó, después de la deliciosa comida, la velada tocando el piano y cantando, al inicio, unas canciones en alemán que solo Piedad entendió, pero que causaron algunos comentarios de asombro entre las hermanas.
Las niñas sonreían encantadas de ver a la madre superiora tocar el piano y cantar, aunque tampoco comprendieran ni una palabra. Otra cosa fue cuando empezó a entonar unas melodías en italiano, idioma que todas las presentes conocían a la perfección.
Los aplausos finales señalaron el final de la celebración, pero antes de que todas se fueran a dormir, sor Teresa les pidió que callaran un momento, pues tenía que dar un anuncio importante.
Dijo: “Hermanas, queridas niñas, hoy es un día muy especial. Nuestra Piedad cumple once años y es preciso reconocer que en este tiempo se ha convertido en una muchachita inteligente y buena”. Hizo una pausa y continuó: “Sus conocimientos superan ya lo que ustedes –se dirigió a las demás monjas– pueden ofrecerle, pero su sencillez le impide hacer alarde de su superioridad intelectual. Es por ello que he decidido que a partir de mañana Piedad estudiará conmigo en mi estudio”.
Se hizo un silencio todavía más profundo, hasta que las niñas aplaudieron de corazón y se fueron a abrazar a su amiga. Las hermanas se quedaron boquiabiertas y pensando que aquello no estaba bien, pero no dijeron nada.
Piedad sentía la ausencia de su padre. La cabeza le daba vueltas y más vueltas. En su mente resonaban las palabras de una de las canciones en alemán que había cantado la madre superiora: “El tiempo de la felicidad pasa deprisa, pronto llegará el otoño…”

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