Piedad llegó sofocada a su habitación y pensando que su marido no tardaría en alcanzarla, lo cual la inquietaba sobremanera. También sentía algo extraño respecto a su primer encuentro, mismo que repetía una y otra vez en su memoria.
El caso es que el hombre, al que tanto había odiado los días anteriores, empezaba a ser visto por ella de una forma distinta, en la que había algo de ternura. Eso, evidentemente, intentaba negárselo con todas las fuerzas de la razón.
Transcurrieron las horas y acabó quedándose dormida sin que el Señor, siempre con mayúscula, llegara a su habitación. Al despertar su cuerpo estaba adolorido por la posición en que se había quedado.
Al lado suyo una rosa roja hermosa yacía junto a una nota manuscrita que leyó varias veces para estar segura de lo que decía. Su contenido era muy breve, pero su significado era tan profundo como desconcertante.
La nota decía así: “Comprendo sus deseos”. Estaba firmada con una simple “R”, que denotaba firmeza y sensibilidad al mismo tiempo. No acababa de entender muy bien que significaba aquello, pero lo que si estaba claro es que el hombre había estado allí mientras dormía.
Al bajar a desayunar le dijo el ama de llaves que el Señor había vuelto a salir de viaje y que no dejó dicho cuando volvería. Se trataba de un viaje largo, en el cual el tiempo para su regreso podía ser muy largo.
Desayunó un tanto desazonada por la ausencia de aquel hombre que apenas había conocido por unos instantes, que ahora se repetía una y otra vez. ¿Qué le estaba ocurriendo?, se preguntaba. ¿Por qué su memoria repetía sin descanso las mismas imágenes y palabras?
Lo que más le desconcertaba, sin embargo, era la nota y la rosa que había encontrado en la cama, al lado suyo. ¿Qué significaban aquellas palabras y aquél gesto galante de R? Lo único claro era que la R correspondía a don Rogelio, pero ¿qué era lo que comprendía don Rogelio con respecto a sus deseos?
No tardaría en descubrirlo. Para sorpresa suya al empujar la puerta de la biblioteca, como hacía todos los días, esta se abrió. Parecía magia que aquel mundo que había permanecido cerrado a cal y canto a sus deseos y ahora estaba abierto.
Con manos temblorosas encendió el quinqué que se encontraba junto a la puerta. Descubrió que a unos metros había una gran cortina que suplicó no estuviera cerrada, no lo estaba. La descorrió sin dificultad, como tampoco le costó gran esfuerzo abrir unos amplios ventanales y una puerta que daban a un hermosísimo jardín. Aquello era un paraíso, aunque para ella el cielo se encontraba en los innumerables volúmenes que reposaban en las estanterías, llamándola.
Ciertamente, se dijo, el hombre había acertado cuál era su deseo. Se sentía tan feliz que empezó a dar vueltas sobre sí misma en el centro mismo de la biblioteca, que en aquellos momentos era el centro mismo del Universo.

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