Pasó el tiempo de una forma rápida, podríamos decir que vertiginosa, sino fuera por esa sensación de tiempo muerto que invadía el corazón de Piedad algunas tardes en que miraba caer las hojas muertas de los árboles del jardín, lo que hacía rodeada por los miles de volúmenes que ocupaban toda la sala de la biblioteca, y en la que en los últimos años habían llegado más en cajas y más cajas enviadas por su marido desde cualquier lugar del mundo.

Ahora, después de cinco años de ausencia, lo encontraba a faltar. Lo conocía más por las cartas que regularmente le enviaba y que le mostraban una persona muy diferente a la que se había imaginado en los primeros y únicos instantes de su relación. Lo veía ya como un hombre sensible pero fuerte a la vez.

Sus cartas cada vez habían sido más íntimas, y si al principio el tono había sido casi solemne, pese a que de vez en cuando se habían permitido algún desliz que dejaba ver su parte más íntima, con el paso de los días, los meses y los años lo predominante en sus epístolas había pasado a ser los sentimientos que empezaban a crecer en ellos.

Cinco años eran mucho, a todas luces demasiado, y sin embargo, no había fecha de retorno de tan largo viaje. La última carta, que había recibido Piedad hacía dos semanas, tenía fecha de dos meses antes y el sello procedía de un país tan lejano y desconocido que le costó trabajo encontrarlo en el gran atlas que utilizaba para señalar los lugares que recorría don Rogelio en su peregrinar, sin que ella tuviera muy clara la razón del mismo.

Su vida y su aspecto físico y moral habían cambiado mucho desde que había empezado su nueva vida en aquella ciudad y mansión, después de dejar el convento en tan tristes circunstancias. Se había hecho mujer sin dejar de lado su gusto por los libros y su moral cristiana. Seguía también escribiéndose a menudo con sor Teresa, de quien recibía bendiciones y consejos por igual.

Con el ama de llaves hacía tiempo que había alcanzado un pacto, que sin llegar a la amistad sí les permitía vivir en una paz y concordia relativas, pues doña Rebeca había entendido cuál era su verdadera posición en la casa. De ello, no le cabía duda alguna a Piedad, se había encargado don Rogelio.

Había, por otro lado, iniciado amistades en el círculo literario de la ciudad y ya era considerada como parte sustancial de la vida cultural de la misma, lo cual no había sido nada sencillo al principio: por ser mujer, por ser la esposa de quien era y por su educación en un colegio de monjas. Su tenacidad le habían abierto las puertas de los círculos de escritores y artistas, aunque más que esa, fueron sus conocimientos y sus dotes literarias las que habían hecho posible aquel pequeño milagro.

Estaba satisfecha de su vida en términos generales, pero notaba que le faltaba algo, sobre todo por las noches cuando se acostaba sola en la gran cama matrimonial. Esperaba, seguía esperando la llegada de su marido, pero este estaba cada vez más y más lejos en la distancia que los separaba, pero cada vez más y más cerca de su corazón.

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