Piedad empezó a leer la carta de don Rogelio con la inquietud propia de quien se juega la vida en cada línea, pero poco a poco el contenido discreto y hasta amable, incluso con la inclusión de algunas frases cordiales, la fue tranquilizando.

Ella, que estaba acostumbrada a leer entre líneas, no vio en ningún momento segundas intenciones escritas con el ánimo de zaherirla. Tampoco vislumbró que hubiera mensajes ocultos en aquellos pliegos.

Le gustó la sencillez con la que estaban escritos los pasajes, pese a la abundancia de información sobre personajes y situaciones. Se notaba que su marido era aficionado a las letras y muy leído, manejaba exquisitamente el lenguaje que utilizaba y su corrección gramatical era insuperable.

No esperaba encontrarse con una carta de esa naturaleza tan delicada, en la que en ningún momento se aludía a la escena que había tenido lugar en su primer encuentro, en sus únicos momentos juntos, en aquella cena que había acabado tan desastrosamente.

Sí se hacía alusión, sin embargo, a las flores que le había dejado en la cama mientras dormía. Preguntaba simplemente si habían sido de su agrado y si aún las conservaba metidas en algún libro de la biblioteca que hubiese leído desde entonces.

También preguntaba, con cierto interés, por las lecturas que estaba haciendo y manifestaba su deseo de que le comentara las mismas, pues apreciaría mucho sus opiniones, sobre todo de ciertos autores que eran sus preferidos, según manifestaba.

De alguna manera velada se disculpaba por los días en que no tuvo acceso a la biblioteca, sin duda una equivocación que atribuía a un mal entendido con el ama de llaves, con la cual esperaba que ya se hubiese amistado.

Le decía también que había dado órdenes por escrito a doña Rebeca para que le dejara salir de la casa cuando quisiera, pero dada la peligrosidad de las calles de la ciudad le recomendaba que siempre estuviera acompañada por un hombre de su confianza.

Terminaba la carta con un “hasta pronto”, que Piedad repitió varias veces, deleitándose en el eco de su propia voz que parecía anunciar un encuentro inolvidable. Pero quizá se estaba haciendo demasiadas ilusiones.

Guardó la carta en el cajón donde yacía la de sor Teresa, ambas quedaron juntas, tocándose por los bordes. ¿Sería, acaso, aquello una premonición? No quiso pensar demasiado en ello. Se concentró en la lectura del Tratado del amor hasta el anochecer.

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