La llegada de Piedad a aquella ciudad situada en los confines del mundo no le fue grata. No estaba acostumbrada a tantas personas corriendo hacia todas partes. No le encontraba ningún sentido a tantas carreras. Además, aquella gente vestía de una forma singular que le pareció espantosa. Por si eso fuera poco, los caballos corrían desbocados al tacto del látigo.
El ruido, formado de rasguños metálicos, gritos agudos y golpes secos, creaba en el aire burbujas ensordecedoras en sus delicados oídos. No había forma de huir de él, se colaba por las mínimas rendijas abiertas.
Su primera impresión fue que había llegado a un mundo raro que no le gustaba en absoluto. De improviso, el carruaje se detuvo frente a una casa de considerable altura. Los conductores bajaron y abrieron el portón ancho de la cochera, acto seguido entraron a un patio amplio. A Piedad le asombró el silencio absoluto que se hizo al cerrar.
Una mujer alta, enjuta, de mediana edad y toda de luto se aproximó a la recién llegada, quien inició una sonrisa que pronto se apagó en sus labios. Le hizo una seña para que la siguiera, y la joven siguió aquel ser tan parecido a un cuervo.
“La señora debe estar cansada”, dijo sin ninguna afección, mecánicamente. Continuó: “Le enseñaré cual va a ser su habitación y donde puede bañarse”. El tono de su voz era similar a los graznidos de los grajos que había escuchado tantas veces en el patio del colegio.
Todo olía a rancio en aquel lugar que la oscuridad cubría con un manto negro. Apenas se distinguían las formas de algunos objetos extraños, sin que se llegara alcanzar a distinguir que formas tenían o si eran bellos o feos.
Subieron por una escalera de mármol negro al segundo piso. El silencio que se respiraba contrastaba enormemente con el bullicio enorme de media hora antes. La criada, tan oscura como el lugar, le enseñó su habitación y el baño donde podía asearse.
“En un momento subirán su equipaje para que pueda cambiarse. Por cierto, soy el ama de llaves, mi nombre es Rebeca. Cuando esté lista le enseñaré la casa y le explicaré las normas que deberá cumplir.”
La dejó sola en la gran habitación iluminada por un quinqué, que apenas si dejaba entrever la cama y las mesillas de noche. Piedad no encontraba sentido a aquella escasa luz, siendo que todavía era de día y había luz natural. Intentó descorrer las cortinas, pero no lo consiguió. Estaban completamente clausuradas, al igual que las ventanas de la habitación, que en vez de proteger del exterior, encerraban hacia dentro.
Se metió en el baño, que solo estaba separado de la habitación por una puerta interna. Un ventanuco pequeño lo iluminaba con una luz tenue que apenas dejaba entrever la bañera que le habían preparado con agua caliente y sales aromáticas. El jabón olía rico y las toallas eran mullidas, sus primeras sensaciones agradables desde que había llegado a la ciudad.
Respiró profundamente. Su cuerpo y su alma volvieron a estar en armonía. Al volver a la habitación encontró ropa limpia en la cama y su viejo baúl arrinconado en un rincón. En el armario, bien ordenadas, estaban las pertenencias que había traído.
Pudo descansar media hora tendida en la cama. Sus ojos cerrados la llevaron a otro lugar, junto a sor Teresa, la extrañaba. Sonaron dos golpes secos seguidos de unos pasos rápidos y desacompasados. El ama de llaves entró repentinamente, como una ráfaga de mal viento.
“Le voy a enseñar la casa y a informarle sobre sus obligaciones.”
“¡Pero bueno –pensó Piedad–, quién se habrá creído que es para dictarme normas y exigirme obligaciones! ¡Por qué se toma esas atribuciones que no le corresponden!”
Antes de que pudiera continuar, la mujer de negro le dijo con frialdad: “Sé lo que está pensando, pero antes de que lo exprese y haya un malentendido entre nosotras, permita que le diga que el señor me dio la orden de que la instruyera debidamente. Toda con el fin, dijo, de preservar el buen orden y las impecables costumbres y rectitud moral que siempre han reinado en esta casa bendecida por Dios”.
La visita guiada duró más de una hora, pues la mansión era enorme. Su amplitud y posición en la plaza más céntrica de la ciudad, junto a la iglesia y el palacio de gobierno, daban cuenta de la alta posición económica y social de su propietario, don Rogelio Alcacer.
No había, pese al lujo que se podía percibir entre las sombras oscuras, ningún piano. Eso era extraño para una casa de la alta sociedad y confería al lugar una frialdad escalofriante. La joven se atrevió a preguntar: “¿No hay música en esta casa?” La respuesta la dejó estupefacta: “No, está prohibida”.
Al pasar por una puerta de mayor altura que las anteriores y no entrar, Piedad se dirigió a ella e intentó abrirla sin conseguirlo. “¿Qué hay dentro?”, preguntó. “Es la biblioteca del señor, pero usted tiene prohibida la entrada”. A Piedad se le cayó el mundo encima. Podía vivir sin música, pero no sin libros.
Después vinieron las instrucciones, una larga lista de prohibiciones y deberes que su prodigiosa mente memorizó sin dificultad, y que le parecieron una enorme e insufrible cadena de grilletes.
“El señor está de viaje y regresará en unos días, hasta entonces puede usted irse habituando a su nueva vida”. Fue lo último que le escuchó decir antes de que se alejara por un pasillo estrecho que conducía a la cocina, creía recordar.
Un cansancio infinito se apoderó de Piedad. Subió despacio las escaleras que le conducían a su habitación y se echó vestida en la cama, buscaba un sueño reparador que le hiciera olvidar la cárcel en la que su padre le había encerrado. Pronto el sueño en que se sumergió se convirtió en una pesadilla en la que el ama de llaves le daba órdenes de parte del señor.

Comentarios