Hacía tanto calor que las palabras que salían de su boca se achicharraban al instante, formando en el aire burbujas que al estallar decían algo muy distinto a lo pensado, pero que, sin embargo, tenían un sentido revuelto que el que escuchaba podía descifrar como una frase sin, aparentemente, ningún sentido.
La frase decía: “Gotiforme, Don R es gotiforme… Siempre con mayúsculas para dárselas de importante frente a los otros”. Después, un silencio prolongado y una sola burbuja-palabra haciéndose cada vez más grande, hasta reventar en el artesonado del techo de la biblioteca donde solo estaba ella escuchándose a sí misma, envuelta en la reverberación de una canícula hecha de sombras. Entendió con demasiada facilidad lo que las palabras significaban y se estremeció.
Despertó, la claridad de la biblioteca a media tarde era total, contrastaba de forma absoluta con la oscuridad del sueño que acababa de tener, que aún tenía en su mente repitiéndose desordenadamente, transformándose en una negación de lo escuchado en la última burbuja-palabra.
Piedad, casualmente, fijó su mirada en el grueso volumen que había bajado de la estantería más alta. Su título era tan elocuente que le hizo pensar que no podía ser casualidad que lo hubiese elegido antes del sueño y que ahora estuviese ahí invitándola a descubrir algo nuevo de su ser.
El título del libro, que leyó prolongando cada letra, era el siguiente: Tratado del amor. Lo abrió al azar y encontró una frase que definía su alma en aquel instante: “El amor es…” Siguió leyendo, pero ahora en voz baja y para sí, engullendo cada frase. Al terminar se recogió el pelo y salió al jardín.
Los pájaros cantaban en esos inicios de primavera, Piedad los veía en parejas arrullarse de forma cariñosa. “Se aman”, pensó; luego les puso nombre a cada uno de ellos y les inventó una vida. Encontró uno solitario en la rama más apartada, lo llamó “R”.
La pronunciación de esa letra le trajo al recuerdo la última parte de su sueño. Dejó de jugar a los nombres justo en el momento en que escuchó unos pasos de hombre cerca de ella, acercándose furtivos entre las hojas gotiformes de los sauces de su despertar.
Despertada del sueño deseó volver a soñar el mismo sueño. Hacía frío, aún faltaba mucho tiempo para la primavera. La biblioteca estaba solitaria y en la mesa solo yacía un libro de botánica con un título en latín. Escuchó la voz del ama de llaves y salió de la habitación. La cena estaba servida.

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