Piedad (vigésima segunda parte)

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

Pasó Piedad todo el día pensando en cómo sería su marido, el hombre que decidiría sobre su futuro. Se preguntaba por su aspecto físico: ¿cómo serían sus ojos?, ¿grandes, pequeños, medianos, achinados, redondos, luminosos, de color avellana, verde aceituna, azules como el cielo o violetas como el mar de sus sueños? ¿Tendría una mirada fría y profunda, pero inteligente o estúpida y aborregada?, ¿su pelo sería rizado, ondulado y lacio; rubio, castaño o negro?, ¿sus cejas pobladas o no; su nariz grande, pequeña o bien proporcionada?, ¿su cuerpo sería grande, con unas manos enormes listas para el golpe o más bien tendría un cuerpo adecuado a una estatura pequeña en la que sobresaldría una cabeza grande que contendría pensamientos elevados y, además, manos finas dispuestas a tomar la pluma entre dedos ágiles que revelarían su espíritu? Sus piernas, ¿cómo serían sus piernas?, ¿firmes, rápidas y veloces, dispuestas a correr el mundo? Así una a una, fue preguntándose por todas las características del Señor, para ella siempre con mayúsculas. Con ello fue haciéndose un retrato o mejor dicho, varios del caballero con el que su padre le había casado.
Después inició un interrogatorio, más interesante para ella, que no creía tanto en la belleza física como en la espiritual, sobre las condiciones espirituales que podía tener. Al respecto, lo mejor para ella, por ser lo más parecido a su propia constitución psicológica, era que se tratara de una persona noble, sensible e inteligente; que los aspectos materiales le fueran secundarios y que su visión del mundo fuera elevada y alejada a lo mundano en su interior, aunque exteriormente y para defenderse de él se mostrara práctico, seguro de sí mismo y dispuesto a demostrar a los demás que se enfrentaban a alguien muy superior a ellos en las cuestiones que atañeran a los negocios e intereses personales; con lo que aquellos se lo pensarían mucho antes de meterse con una persona así. También podría ser que ese simular no fuera propiamente disimulo y que su carácter fuera exactamente así, con lo que sería un ser terrible fuera de una espiritualidad iluminadora. Dado ese caso sería imposible para entenderse con él, y su vida estaría perdida para siempre, arruinada al lado de un hombre al que despreciaría siempre y con el que no tendría una conversación digna de llamarse como tal.
La inquietud empezó a asomarse a su mente y los nervios empezaron a jugarle malas pasadas. Un pequeño tic en el ojo delataba a ojos de buen observador su estado de ánimo. Decidió tomarse un baño para relajarse y mientras el agua caía por su cuerpo empezó a pensar en los años felices de su niñez, poco a poco empezó a tranquilizarse y una sonrisa creció despacio en sus labios. Se acordaba de sus tres amadas mosqueteras y de los juegos heroicos que tenían en el patio del colegio, cuando ella sola, heridas las otras tres, se enfrentó a 20 hombres del detestado Richelieu y acabó con ellos con un mandoble de época que fue aplaudido por días y cuyos vítores aún resonaban en sus oídos animándola en los días más tristes.
El baño, pero sobre todo los pensamientos fueron un bálsamo para su estado de ánimo. Mucho más entera que hacía unos momentos se vistió con su mejor vestido y remató su indumentaria con un lazo rosa en su pelo ondulado, un lazo que siempre le habían dicho que favorecía su belleza. Así pues, sabiendo lo importante que era aquella noche para ella, decidió usar sus encantos femeninos, que por torpe que fueran ahí estaban, pero sobre todo se propuso tener la inteligencia suficiente para lograr el objetivo más importante para ella en aquellos momentos de incertidumbre. Este no era otro que el obtener a toda costa el bien más preciado para su espíritu, que por sencillo que fuese, era lo más amado. No se trataba de otra cosa que de la llave de la biblioteca de su esposo, donde esperaba encontrar los amados libros que la salvarían del tedio de una vida. No soportaría mucho estar sin hacer nada como los últimos días. ¿Moriría de aburrimiento y de hastío teniendo el paraíso tan cerca?, se preguntaba… No, no lo haría, se respondía. Todo estaba el convencer al Señor Rogelio Alcacer de que su propio interés era permitirle entrar en la biblioteca, pues estando feliz ella de esa manera él sería feliz a su vez.
Todo se decidiría en aquella cena. Piedad conocería con quien tendría que vérselas y su sensibilidad unida a su inteligencia le dictarían cuales serían las mejores formas de obtener su deseo, en ello estribaba su felicidad y era consciente de ello. Entonces, pese a ser consciente de que iba a usar la astucia en su estrategia, lo cual odiaba sobre todas las cosas, pues no admitía doblez alguno en su trato con las demás personas, lo iba a hacer. No le quedaba más remedio, era cuestión de supervivencia. Así que cualquier arma que estuviera a su alcance era bienvenida y si fuere necesario la utilizaría sin remilgo alguno. Se trataba de ganar al precio que fuera. En ello estribaba no solo su vida sino algo todavía más importante: poder vivirla a voluntad propia y en plena satisfacción.
En esas disquisiciones volaron los minutos y la hora del encuentro se acercó a una velocidad insospechada al principio de la tarde. Sonaron por fin las 8 de la tarde en las campanadas del reloj de la sala y escuchó, con el corazón en el puño, que la puerta de su habitación se abría. El ama de llaves, la desagradable Rebeca, le dijo sin entonación y con el rostro frío de siempre que el señor la estaba esperando. El corazón se le encogió, pero con paso firme bajó a encontrarse con su destino.

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