Piedad pasó unos días temerosa y, al mismo tiempo, ansiosa, pero no se atrevía a abrir la carta que le había escrito R. La tuvo en las manos en varias ocasiones, incluso la llegó a oler, todavía olía al perfume que él desprendía, al menos eso creía en su pensamiento, que cada vez estaba más obsesionado.

También había intentado varias veces contestar la carta de sor Teresa, pero no lo había conseguido. Su estado de ánimo no era el adecuado para darle una respuesta adecuada y, sobre todo, tranquilizadora para aquella que consideraba como lo más próximo a la madre que nunca tuvo.

Después de 12 días de luchar consigo misma tuvo la suficiente fuerza para responder a la misiva de la madre superiora, leer la carta de R y contestarla. Todo en ese orden y en una hora de frenética actividad que la dejó exhausta.

La respuesta que le dio a la monja fue la siguiente: “Querida madre, fue una alegría muy grande saber de usted. Al principio me asusté mucho al enterarme de que estuvo muy enferma y luego di gracias a Dios por su recuperación.

“Sin usted madre, la vida sería demasiado amarga para mí, tendría poco sentido, estaría demasiado sola. Usted es el bálsamo que me da fuerzas para seguir adelante en los días de desasosiego que estoy viviendo.

“Tengo un sentimiento desde que vi a mi marido por primera vez que no sé cómo definir, aunque sé muy bien como otros lo han llamado. Eso no me ilumina demasiado, aunque me desespera en demasía.

“Quizá es que mi razón niega lo que el sentimiento asienta. Esa discrepancia entre la ‘cabeza’ y el ‘corazón’ es algo que me pone en contradicción conmigo misma, de alguna manera me niega.

“¿Soy negación, pues?, ¿qué queda de mí, entonces? Este cuerpo y esta mente que se destruyen mutuamente sin posibilidad de huida, sin que el alma quede en su pureza primigenia.

“Sé que Dios es amor y que, por tanto, el amor está en nosotros, sus hijos, como el propio corazón forma parte del ser. ¿Pero es amor lo que siento o es algo distinto? No quiero pensar en esa otra posibilidad que me perturba en demasía.

“Estoy en esa duda, que quizá sea la de la propia vida que me ha tocado vivir a pesar mío, sin que yo lo quisiera, como usted bien sabe. Lo que te sucede te lleva y a mí me está llevando a algún lugar que todavía no sé si es de desgracia o felicidad.

“Querida madre, espero sus noticias y sus sabios consejos, que tanto me hacen falta. Le mando un abrazo inmenso. La encuentra a faltar como nunca. Cuídese mucho, por favor. La quiero.”
Así terminaba la carta que mandó enviar inmediatamente, sin ni siquiera repasarla como era su costumbre. La ansiedad se apoderó de ella. Tomó la carta de R entre sus manos y con dedos nerviosos la abrió.

Piedad,el independiente

 

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