Llevaba Piedad varias semanas desasosegada. Dos motivos perturbaban su corazón, uno explícito, que no era otro que la falta de noticias de Sor Teresa, a la que extrañaba con todo su corazón; el otro, que escondía incluso de sí misma, era de índole demasiado íntima para ni siquiera atreverse a pronunciarlo.

Solo a través de varias lecturas de carácter romántico pudo identificar la naturaleza de su segundo malestar, aunque eso no quería decir que lo aceptara y que no luchara con todas sus fuerzas para sacarlo de su mente y de su corazón, a lo cual no ayudaba en demasía el régimen de vida que le habían impuesto y del que solo escapaba a través de los libros extraordinarios que encontraba en la biblioteca.

Habían transcurrido varios meses sin noticias de la madre superiora y otros tantos desde el breve encuentro que había tenido con su marido. Le parecía, en los momentos en que se sentía más sola, que se habían olvidado de ella. Lo cual era posible en el caso de R, pero no de Sor Teresa, quien era una madre atenta y cariñosa con ella.

Aquella mañana, de principios de mayo, encontró en la mesa del escritorio de la biblioteca dos cartas. De la primera, reconoció enseguida quién era el remitente, pues había leído mil veces la letra clara de la madre superiora. La segunda, tenía una letra firme, de hombre, que le hizo estremecer.

La carta de la monja decía así: “Queridísima y amada hija. Perdona si no te he escrito antes. Te preguntarás por qué he sido una madre tan descuidada. La razón no puede ser más simple, Dios me puso en el trance de caer muy enferma y casi morir”. Piedad dejó por un momento la lectura de la carta y puso en su memoria el rostro amado de Sor Teresa. Una lágrima emborronó algunas líneas del manuscrito. Siguió leyendo.

“Una pena muy grande embargó mi corazón cuando te alejaron de mí a la fuerza. Creí que no lo soportaría. Luego comprendí que Dios, en su infinita misericordia, había elegido un futuro más promisorio para ti. Eso tarde en comprenderlo demasiado tiempo.

“Ahora que estoy más sosegada y que mi salud es lo suficientemente buena para escribirte me pongo a hacerlo, sabiendo la preocupación y dolor que debes sentir por la falta de noticias mías y de tus hermanas, las monjas, que tanto te extrañan.

“Por favor, escríbenos y cuéntanos: qué ha ocurrido, en todo este tiempo, contigo, cómo te tratan en esa casa, cómo te sientes en ella, es atento y gentil contigo don Rogelio. Queremos saber de ti.”
Seguía una despedida cariñosa y la firma de Sor Teresa, un poco irreconocible por la fragilidad de los trazos. Aquella firma hizo llorar a Piedad, pues reconocía en ella la enfermedad del corazón que afectaba a su educadora, y cuya causa era la separación de ambas.

Guardó las dos cartas en el cajón del escritorio. Todavía no estaba preparada para responder la de su progenitora espiritual y no tenía el ánimo para enfrentarse a las palabras de R, que por esperadas no eran menos…. Cortó ahí el hilo de su pensamiento, temerosa de que la llevara demasiado lejos.

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