Pasaron unos días sin que Piedad encontrara la manera de hallar un resquicio de esperanza en su nueva vida. El Señor, con mayúsculas siempre para la ama de llaves, no llegaba nunca, y ya le parecía más un ser del otro mundo que de este. En todo caso, su presencia se hacía notar de sobremanera y siempre bajo una imposición o una orden desquiciante, al menos para ella que había cultivado un espíritu libre junto a sor Teresa.
Empezó una carta a su tutora precisamente sobre ese tema de la libertad. En ella se mostraba descreída en cuanto a la posibilidad de ejercer su libre albedrío en los asuntos que le concernían, pero a la vez estaba segura de que encontraría un resquicio para ser feliz.
En su carta se expresaba, en los párrafos más importantes, de la siguiente manera: “La libertad, madre, es algo fugitivo que no acaba de alcanzarse y en eso se parece mucho a la felicidad. Ambas no tienen límites precisos ni temporalidades ciertas, lo verdadero en ellas es su esencia efímera.
“La libertad es un bien preciado del espíritu”, decía en otro lugar, para seguidamente expresar con delicadeza que: “…, mi sensibilidad me permite apreciarla sobremanera, pues en mis circunstancias actuales solo me queda la ilusión de poder convencer a esa persona que desconozco, mi marido, que me deje leer los libros de su biblioteca.
“Me muero por entrar en ese lugar que no tengo permitido, es como si fuera Eva delante del fruto prohibido de la sabiduría. Me desazona mucho encontrarme del otro lado sin tener la posibilidad de atravesar la puerta.
“Le confieso que me la paso dando vueltas y más vueltas a ese lugar. La señora Rebeca, cuando pasa delante de mí, siempre me mira como si no estuviera, pues ya parezco parte del pasillo que está delante de aquel recinto sagrado al que aspiro entrar un día.
“Las horas son demasiado lentas y aburridas, sin nada que hacer ni nada que aprender. ¡Moriré de hastío si no alimentan mi espíritu! Anhelo tanto una carta suya, contándome como están las cosas en el colegio y noticias, si las tiene, de mis tres inseparables condiscípulas.”
Terminada la carta le pidió en secreto a un mozo de la casa que la pusiera en correos, pues no se fiaba de la señora Rebeca. Estaba segura que ella la leería y luego la tiraría al fuego para que no llegara a su destino.
Confiada en que la misiva llegaría a las manos de sor Teresa se puso a esperar su respuesta, al tiempo atendía a la llegada de don Rogelio. En su interior hacía apuestas de si llegaría antes la contestación de sor Teresa o su marido.
No tuvo que esperar demasiado para encontrar una respuesta a tal incógnita. El Señor, siempre con mayúsculas, llegó a las cinco en punto de la tarde de ese mismo día, mientras ella dormía su siesta diaria.
No la despertaron para avisarle, cuando ella se enteró de que ya había llegado su esposo, este había vuelto a salir a atender unos asuntos urgentes, aunque cenarían juntos aquella noche, según le dijo la ama de llaves.
Con la inquietud propia de quién espera enfrentarse a lo desconocido pasaron los segundos como si fueran horas y estas como si fueran años. Durante ese tiempo preparó su alma para enfrentarse a un ser que creía duro y amargado como su padre. No esperaba nada de aquel primer encuentro. ¿Pero, quién sabe?, se dijo para darse ánimos.

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