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Piedad bajó por la escalera lentamente, paso a paso iba meditando sobre lo que había sido su vida hasta llegar hasta allí. El último tramo lo dedicó a reflexionar sobre su futuro y los dos últimos escalones a imaginar un futuro que estaba lejos de tener seguro.
El comedor estaba espléndidamente iluminado y al entrar se deslumbró. Siempre lo había visto a oscuras y el ver las cosas en su claridad le hizo impresión. Él estaba de espaldas e inclinado y no se dio cuenta de su presencia.
Tuvo un par de segundos para contemplar unas espaldas recias culminadas por una cabeza grande, pero bien proporcionada con respecto a ella. El pelo era de un negro brillante y se veía bien cuidado.
Dijo buenos días y escucho una voz bien entonada y ligera como el revoloteó de una golondrina que le repetía el saludo. Se sentó en el lugar que le habían asignado, al otro lado de la cabecera de la gran mesa del comedor, en la que cabían 15 personas cómodamente sentadas.
No se atrevió a mirar, aunque sabía que era observada por el hombre con la minuciosidad que lo hace un comerciante con una mercancía nueva. Eso no le gustó. No le iba a dar el placer que se regodeara a su costa.
Levantó la cabeza y se encontró con unos ojos negros que la observaban con las ascuas de unas pupilas que en aquellos momentos parecían hechas de fuego. Sus ojos azules serían el mar donde se ahogaría aquel fuego, pensó ella.
Después de un momento de batalla entre el fuego de él y el mar de ella se hizo cierta calma en aquel juego de miradas. Él bajó la vista y disimuló revisar unos papeles que le servían de pretexto para no prolongar un enfrentamiento que de sí sabía perdido.
Lo observó con mayor atención, sin duda su carcelero no carecía de una singular belleza que lo debería hacer muy atractivo, junto a su dinero, para las demás mujeres. ¿Por qué entonces la había elegido a ella?, ¿era aquello acaso una especie de juego del destino?
Estando en esas disquisiciones llegó la camarera a servir la sopa, un pretexto más para que el silencio que ambos guardaban se prolongara por más tiempo. Los modales de los dos en la mesa no dejaban nada que desear, lo cual fue notado desde el primer momento por ambos.
No fue hasta el segundo plato que él intentó iniciar una conversación mundana para deshacer tanto hielo como el que se estaba acumulando desde el inicio mismo de la cena. Lo hizo a través de una pregunta, cuya respuesta lo dejó algo sorprendido, aunque ello no supuso que cambiara su expresión circunspecta en ningún momento.
“Observo con satisfacción que el pato que ha preparado la cocinera para recibirla es de su agrado”. No quería ser grosera, pero después de tanto esperar aquél momento tan importante para ella sentir como se convertía en pato era demasiado para ella. Pese a sus ganas de llorar contestó con firmeza. “El pato está delicioso, pero usted debería ser…, usted debería ser un caballero y preguntarme sobre lo que realmente quiero y no por el sabor del pato”. Acto seguido se levantó y salió corriendo del comedor, dejando a don Rogelio con una sonrisa en los labios.

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