El edificio de las clarisas era todo de piedra alfombrada por una frondosa hiedra que solo dejaba ver las ventanas de cristales relucientes. En realidad, se trataba de una casona vieja y fría que ocultaba sus grietas con las grandes hojas verdes.
La monjas intentaban mantenerlo lo mejor posible, más por prestigio que porque tuvieran intenciones sentimentales con respecto a aquellas cuatro paredes mal ajustadas. Pero como solían decir: “Ayúdate y Dios te proveerá”. Y ellas, desde luego, se ayudaban, aunque por puro egoísmo.
No tenían muchas alumnas y en los últimos meses algunas de ellas las habían abandonado por sueños románticos. Una desgracia para unas arcas tan escuálidas como las de aquellas mujeres, que aunque tan acostumbradas a estar al borde la ruina llevaban muy mal tener necesidades y no poder satisfacerlas.
La llegada de Piedad, nombre muy cristiano, fue una bendición para ellas; pues con la niña llegaba un buen dinero, que de momento les serviría para tapar algunos agujeros del tejado que se iban agrandando en demasía, al punto que pronto las dejarían en la intemperie y ateridas de frío.
La niña llegó de la mano de la madrastra. Una señora extremadamente vulgar a los ojos entrenados de la madre superiora. La voz chirriante de aquella mujer acabó por confirmarle su primera impresión.
El ser que agarraba en sus manos exageradamente grandes e infladas era, sin embargo, un ángel, cuyos ojos celestes apenas entrevistos contenían al cielo mismo. Desde el principio sintió sor Teresa un amor extraño por criatura tan extraordinaria.
Pensó que Piedad, así la había presentado la mujer que tiraba de ser tan delicado como lo hubiese hecho con un saco de papas, no podía ser hija de semejante bruta. Y ésta no tardó en corroborar su suposición, al presentarla como su “amada” hijastra.
De “amada” nada, pensó la monja. El desprecio con el que dijo esta palabra era tan evidente que hasta oídos menos entrenados que los suyos hubiesen sabido que se estaba diciendo todo lo contrario de lo que se pronunciaba.
El cambio de manos fue una bendición para la niña, quien pasó de unos dedos fríos que la lastimaban a unas palmas calientes que eran una verdadera caricia. Fue entonces cuando sus ojos se concentraron fijamente en los ojos de sor Teresa.
Ambas comprendieron por aquella mirada que serían amigas por siempre, con una amistad pura que iría más allá de la muerte; comprendieron también que sus almas estaban hechas del mismo material espiritual, tan infrecuente de hallar en los seres humanos. Una sonrisa amplia las iluminó por completo dejando en la oscuridad a la madrastra, quien se alejó.

Continuará

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