Sigo pintando con un
furor que raya en la necedad disfrazada de vocación. Se mantiene gracias a la tolerancia de mi linda esposa y de mis dos hijos y mis dos hijas que a lo largo de muchos años han sufrido las consecuencias de mi locura. Sustraer dinero al gasto para comprar mis materiales persiguiendo la zanahoria de mi ego frente a mi nariz. Sin embargo, he pasado esos años resistiendo los embates de la moda, me he negado a abandonar el realismo que sustenta mi trabajo. La pintura es mi oficio y es mi vida.
Por sobre todas las cosas, soy pintor, venero a los grandes maestros, desde los rupestres hasta Picasso. Entiendo la práctica de la pintura como un acto de libertad. La pintura, históricamente, es un medio para expresar los sentimientos.
“La pintura no es otra cosa que la búsqueda incesante de uno mismo”, asegura Bárbara Hess (crítica de arte). “La pintura es en realidad un misterio, no se sabe lo que es. En la creación, entra en juego un don innato del ser humano para expresar, a través de la belleza, las cosas de su ser físico. Pero cuando se quiere explicar demasiado se rompe el misterio, la magia se va y la pintura termina por vaciarse”, dice Antonio López.
Nacemos todos los días, vivimos día a día. Necesitamos un silencio que nos aleje del mundanal ruido, que nos permita pensar en lo importante que es ver, contemplar. Estamos tan ocupados en asuntos que nos hacen creer trascendentes, que nos olvidamos de las cosas realmente importantes. Conviene parar, respirar y sentarse a contemplar el mar y sentir cómo transcurre la vida.

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