México puede ser una obra maestra, un mural lleno de paisajes que nos enamoran, de tradiciones que presumimos, de historias que no olvidamos, de luchas constantes y puños levantados pero siempre nos conformamos con pintarrajearlo, desde nuestras charlas de café, desde una tribuna legislativa, desde un “me gusta” en el Facebook, desde un cómodo cubículo, desde nuestra rabia y coraje, desde una columna periodística como esta.
Y veo a este país embarrado de gris lleno de declaraciones insensibles que cierran los ojos para no reconocer lo opaco y jodido que está nuestro México. Envejecido y sin fuerza, sus canas no lo han vuelto más interesante, lo tienen cautivo en un asilo de pésima reputación y peor trato. Sin fuerza para caminar como antes, sin un motor que lo provoque a acelerar, y cómo sí resulta imposible abastecerse de la gasolina al precio que nos la acaban de poner.
Lo veo salpicado de rojo, rojo sangre y rojo violencia, rojo muerte, rojo indiferencia, rojo tumbas clandestinas, rojo cuerpos sin nombre. Mutilado y maldecido, herido por siempre, sin posibilidades de sutura ni de cicatrices. Tan asustado que guarda un silencio decepcionante. Tan moribundo que no tiene fuerza ni para quejarse.
Un rayo plateado lo resquebraja, agrieta su alma perdida, quiebra las reservas de su furia contenida, derrumba toda esperanza, provoca suspiros que duelen y enloquece a la fe, que loca vaga en consignas y en puños levantados, rompiendo provocaciones, enterrando rebeldías instantáneas.
Es negro como los milagros que ya no llegan, como las traiciones que saturan tu espalda de cuchillos y dagas, como sus entrañas secas que ya no quieren parir héroes ni mujeres llenas de sororidad, sombras que cambian de canal cuando el noticiario repite mentiras y da voz a los que no tienen alma.
Tiene gotitas azules que por momentos nos hacen recordar la posibilidad de un cielo para quererse bien, de un mar con cantos de sirenas querendonas, de una falda sexy con la que el viento juega, de una sonrisa ingenua, de una nube perdida, de un puño levanto que exige justicia.
Y entonces escarbo para encontrar ese color verde inspiración, ese amarillo provocador, ese violeta gozoso. Y entonces hurgo para inventar un tono violeta revolución, un morado feminista, un lila esperanza. Y remuevo mi propia convicción para dar trazos de rebeldía, de tonalidades críticas, de voces unidas, de reclamos justos, de puños en lato bendiciendo revueltas, de nunca más gasolinazos ni inflaciones, de pechos bravíos que hacen florecer camisas y corsés, de nunca más a saqueos y abusos, de ecos que piden justicia y exigen compromiso a esos políticos de pincelitos débiles, cuando la ciudadanía tenemos brochas regordetas, porque queremos pintarrajear este país para darle fuerza.
Quiero pintarrajear este país con tu ayuda, con nuestra necedad, con mi tinta y papel que hacen posible escribir las palabras como no se vale, no creemos en ustedes, renuncien, no saben pintar, ni colorear, no saben amar a nuestro país como quienes lo pintarrajeamos todavía con ritmo de coraje, de esperanza, de no podemos darnos por vencidos.

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