Hace tan solo unas décadas plagiar un trabajo escolar en las universidades era motivo de expulsión. Hoy, lamentablemente es una práctica común entre las y los estudiantes con la complicidad de un profesorado mediocre y autoridades que se hacen de la vista gorda.
En las universidades privadas, cuyos lemas y objetivos empresariales están por encima de los éticos y académicos, es común que 80 o 90 por ciento de un grupo se robe la tarea, la baje de Internet y la firme como suya. El reto es que el docente no se dé cuenta, que sea compleja para obtener una buena calificación y que tenga consecuencias positivas en su vida familiar y social. Sin embargo, estos estudiantes olvidan algo muy importante y es, lamentablemente, su bajo nivel educativo, lo que los imposibilita inmediatamente y a todas luces a obtener una investigación que, al menos, esté sin faltas de ortografía o bien redactada, ya no digamos con un gran contenido o desarrollo complejo.
Pero en esencia el estudiantado no tiene la responsabilidad hasta cierto punto, solo hasta cierto punto, ya que debemos observar que, al menos en teoría, a la universidad ingresan aparentemente “adultos responsables” para realizar una carrera de su “agrado” en un supuesto sentido de “superación” personal y obtener un título universitario que les permita desarrollarse profesionalmente y los “satisfaga” el resto de sus vidas. En el caso de la universidad privada influyen otros factores como el económico, que hace que el común denominador dentro de ésta sea el dominio de una clase social pudiente que generalmente tergiversa la cuestión educativa: “voy a la universidad porque tengo el dinero y no porque me interese”. No sucede con todos los y las estudiantes, muchos de ellos aprovechan conscientemente su educación aunque el hecho de que su institución sea de paga no les garantice un buen nivel educativo.
En las universidades privadas, conocidas vulgarmente como “patito”, y donde el plagio es normal, el elemento dinero es fundamental, éste abre o cierra puertas, corrompe docentes y hasta directivos, el influyentismo se desarrolla a todo lo que da por encima de una ética y de una supuesta moral universitaria. Aquí, el estudiante se vuelve el patrón en una empresa donde los trabajadores (docentes) se vuelven rehenes de la explotación de la institución (les pagan muy mal) y objeto del soborno y de la omisión, ya que peligra su puesto de trabajo.
En estas condiciones, cuando un o una estudiante plagia, solo está siendo consecuente con un sistema educativo que ya de origen está viciado y responde fielmente a las estrategias del capitalismo. No podemos hablar de un nivel educativo alto o de estudiantes que desarrollen su potencial intelectual y creativo en beneficio de una sociedad si su alma mater contraviene estos principios, por principio, valga la redundancia. Una libre empresa, en este caso educativa, no va a formar individuos que la cuestionen. Así, y dentro de esta abominación de reforma educativa creada por el gobierno para evaluar profesores y donde el Ceneval hace las veces de su “sicario virtual”, en estas universidades las y los docentes también son evaluados constantemente por los directivos de su institución, por sus colegas y por sus estudiantes que, de no ser beneficiados por una buena calificación, pueden proceder manipulando, hasta con actos de revanchismo, información de tal manera que el puesto de trabajo de un docente del más alto nivel educativo se ponga en riesgo.
Universidades a montón que presumen sus altos niveles educativos, facilidades de estudio y compromiso social en grandes y onerosos despliegues publicitarios, solo están escondiendo su triste realidad bajo el tapete con los índices, en su mayoría, más bajos de calidad educativa en las evaluaciones nacionales e internacionales.
No cabe duda que la universidad pública y gratuita sigue teniendo el nivel educativo más alto de este país, con todas sus limitantes y, al menos, el principio ético más exigente. El plagio es motivo de expulsión y en el mejor de los casos calificación reprobatoria o consejo académico. Aunque hay que reconocer que también la universidad pública ya ha sido infiltrada desde hace muchos años por prácticas antiéticas y un desdén por el desarrollo intelectual y creativo de millones de estudiantes de este país.

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