En los corrillos políticos se asume que la desaparición de Luis Videgaray del primer plano deja la vía libre a Miguel Ángel Osorio Chong para hacerse de la candidatura del PRI en las elecciones presidenciales de 2018. El defenestrado ministro de Hacienda y principal consejero de Peña Nieto encabezaba al poderoso grupo que se opone al encumbramiento de Osorio. Eso, y el hecho de que las encuestas colocan al exgobernador de Hidalgo, hoy en la oficina de Bucareli, como líder entre los priistas en las preferencias de la opinión pública, lo convierten en el delfín de facto para suceder a Enrique Peña Nieto.
Y en efecto, los astros parecerían estarse alineando a favor de Osorio. Manlio Fabio Beltrones ha sido retirado de la escena pública y ningún gobernador priista tiene la reputación o el capital político para convertirse en un rival de cuidado (regresaremos a Eruviel Ávila). El resto de los miembros del gabinete resultan virtualmente desconocidos para el ciudadano común y corriente, y tampoco se advierte alguna figura con el carisma necesario para compensar en tan poco tiempo el anonimato en el que hoy se encuentra cualquier alternativa de parte del PRI. Sobre todo si consideramos la enorme distancia que llevan Andrés Manuel López Obrador y Margarita Zavala en reconocimiento y popularidad, y el repunte que ha experimentado el PAN en los últimos meses.
En otros momentos la camiseta del PRI habría bastado para hacer de cualquier candidato un fuerte contendiente a las elecciones. Hoy esa etiqueta parece más bien ser un estigma. En todo caso, está claro que Peña Nieto y por extensión el partido tendrán que inclinarse no por el candidato de sus afectos sino por aquel que tenga mayores posibilidades de triunfar. Una mala elección supondría una derrota sentenciada.
Lo cual deja a Los Pinos con la pregunta en la boca: ¿es Osorio un buen candidato o simplemente es la menos mala de sus opciones? Los críticos del hidalguense aseguran que todavía existen alternativas, sobre todo si el ministro de Gobernación sufre algún desastre político en lo que resta del sexenio. Sus responsabilidades lo hacen sumamente vulnerable ante cualquier crisis política o de inseguridad imprevisibles. Si el presidente hubiera optado por él, lo habría colocado desde ahora en una secretaría como la Sedesol, una posición de menor riesgo y de enorme exposición ante el público.
En tal caso, solo se ventilan dos nombres con posibilidades de “entrar al quite”. Eruviel Ávila, gobernador del Estado de México, y José Antonio Meade, flamante secretario de Hacienda. El primero tiene el carisma, aunque no los resultados. Es un hombre popular, es cierto, pero el desempeño del Estado de México no es para presumir en una campaña nacional. Adicionalmente enfrenta dos obstáculos: primero, que para que él siga siendo contendiente, su partido debe triunfar en las elecciones estatales del próximo año. No se ve cómo pueda constituir una esperanza para el PRI, si la oposición le arrebata el gobierno del Estado de México. Lo cual no resulta nada descabellado considerando que el PAN y el PRD persistan en su intención de ir en alianza por la gubernatura (presumiblemente con Josefina Vázquez Mota en la boleta electoral).
Y segundo, incluso si Eruviel logra retener para su partido el poder en la entidad, muchos cuadros priistas verían con desconfianza la posibilidad de que los políticos del Estado de México repitieran en Los Pinos un sexenio más.
José Antonio Meade tiene a su favor una reputación hasta ahora impecable, algo que no es menor frente a lo que se anticipa será una campaña presidencial centrada en la crítica a la corrupción. Y sin duda constituye el candidato de los empresarios; la titularidad en Hacienda le ofrece una posición ideal para establecer alianzas con importantes grupos de poder económico y político, a nivel nacional y regional.
Pero los lastres de Meade son tanto o más pesados que sus activos. A ojos de los priistas no es uno de ellos, habiendo sido miembro del gabinete calderonista. Por otra parte, si bien es un hombre con capacidad de seducción en el trato directo, carece de carisma en la arena pública y tampoco le ayuda la imagen de técnico falto de malicia que hoy en día proyectan respecto de él los medios de comunicación. Finalmente, los puristas afirmarían que la situación de la economía nacional (deuda pública incluida) y los cuestionamientos de la banca internacional y de los inversionistas, desaconsejarían volver a cambiar de secretario de Hacienda en lo que resta del sexenio. Algo que sucedería si Meade se va a una campaña presidencial.
Visto lo anterior, la perspectiva no pinta nada bien para Peña Nieto y su promesa de no entregar el poder a la oposición. O se saca una carta de la manga (ha dicho que el tiempo le dará la razón respecto de los cambios de gabinete realizados en la semana) o tendrá que persignarse y apostar su futuro al menos malo de sus valedores.

@jorgezepedap
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