Se divisa desde su ingreso, viniendo al Norte del valle del Anáhuac, los grandes magueyales, nopaleras y las elevadas rocas. Los chamacos pelones como si fueran perlas, recogíamos las palabras que salían de su boca, sabiendo que estas pláticas y encuentros, llenos de apasionante frenesí, tenían más fe, interés y expectativas que las encerronas espirituales tradicionales de la Casa de Ejercicios de la Santa María de la Asunción en la añeja villa del mineral de Pachuca, lugar singular con mucho aire frío en las desembocaduras de las cañadas al pie de la misteriosa sierra, lugar de criaderos de argento que benefició a unos pocos.
En los humedales del arroyo de Pachuca se miraron olorosos duraznos, coloridos priscos chabacanos y rojizos ciruelos silvestres, crecen por la fronda asunción la vistosa siempre viva, los matizados claveles, encendidos y aromáticos rosales, la melancólica hortensia junto con la blanca azucena, orgullosa de esas vistas y olores la viejilla suspirando profesaba, con legajos y antiguos documentos en mano, “hay que señalar la crónica con los datos históricos, nunca hay que falsear e inventar a modo”.
La arcaica plazuela El Caballito de finales del siglo XVIII, en la chueca calle del mismo nombre que se dirigía a los laboríos de plata en la simiente de La Corteza, dijo la ancianilla “para el primer tercio del siglo XIX cambió de nombre a plazuela y calle de Patoni”. Ahí, en ese sitio frente a la plaza Real de Mercaderes-Constitución , levantó finca la familia Revilla, años después se vio en ese lugar el mercado Libertad , dando paso al también Primero de Mayo, aquí nació y aquí se destruye la leyenda y reputación popular de los seudo aristócratas Almaraz.
Ese lugar sucio, empedrado con arroyos mal olientes lleno de vendimias, comederos, juegos y empulcadero de gran efervescencia con asiduos concurrentes por las noches a las cenas y pulques. Después de la jornada laboral de las cercanas minas, veíanse achichinques; aguadores de los planes de los profundos tiros, tahoneros; trabajadores que conducían las mulas de trituración, lo mismo atecas, encargados de llenar de agua las botas o bolsas de cuero, así como incontables barrenadores o barreteros. El sitio, aseguró, “fue como bocamina en donde se reunía el pueble de todo tipo de gentes”, mirábanse grandes y humeantes braseros con leñas y carbones al rojo vivo, sobre los que descansaban orejonas, barrigonas y prietas cazuelas de barro, con más de 10 “enchilones” como raspadura de res con abundante ajo, cebolla, chile chipotle seco, tomate y cilantro, huitlacoche, nopales, flor de calabaza, moronga en salsa mora con verdolagas, cochino con calabazas en chile verde con mucho orégano, sangre de gallina con tripas, tomate verde picado, cebolla, ajo y chile mora seco, todo tipo de “marranillas”, pulques en jícaras y jarros de barro, café, atoles, a esto con singular entusiasmo gritó la abuela, como si fuera la fuente de la plaza Constitución, “fueron las bodas del rico”.
La labor de las minas de la veta de La Corteza permitió en el siglo XVIII los asentamientos al oriente de la plaza Mayor-Mercaderes-Constitución, quizá de lo primero del mineral de Pachuca, reseñó la viejilla, sobre la calleja del Caballito-Patoni, en la plazuela del mismo nombre, hoy mercado Primero de Mayo, levantaron finca los Revilla, Domingo y Juan Ángel, producto de su afanes en el trabajo como contratistas de minas, dueños de terreros, dedicados a la compra y venta de metal de argento, con hacienda de pulques, alfalfera y cebadera, de ganado menor con borregos y chivos llamada de Coscotitlán.
La casona de esencia española andaluz con soleado lleno de plantas y flores, patio central, más de dos docenas de habitaciones en sus dos pisos, bodegas, almacén de granos y alimentos, guarda carruajes, caballerizas y lo principal, despacho con local para la compra de platas que daba a la parte posterior. Tuvo custodia y alojamiento bajo candado y llave del preciado metal, elevados, gruesos y fuertes muros de piedra, adobes y madera rodeaban la propiedad. Dinteles, marcos de tabiques y cantera en puertas y ventanas labrados, enormes vigas y tablones en techos terrados y entablado, pavimentos de solera de barro colorado, enlozados
en piedra, esbeltas columnas labradas en
los pisos que miraban al patio jardín interior, escalera forjada en recinto a cincel y martillo, con barandales de hierro de fragua, pasamanos de brillante madera, la portada que miró a la plaza Real con piedra de la montaña, cornisas en pequeño saledizo coronando rústico entablamento, altas botaguas en metal forjado, la carpintería en puertas, ventanas, mostradores, alacenas en tallado entablerado de madera, una larga cocina con hornillas tipo gallego, todos los balcones como las protecciones que veían al exterior, fueron de resistente fierro con solera trabajados en yunque y marro.
En la segunda mitad del siglo XIX, 1859-1862, esa casona pasa a ser propiedad de la municipalidad según resultas de juicio sucesorio, para luego misteriosamente, poco después, aparece como posesión de cauda de oportunistas como el Valente Almaraz, hijo de enquistado diputado de las platas, coludido con el poder económico.
El cascabel al gato; en enero de 2015,
con los inicios de la destrucción de los
restos de la histórica plaza de Las Diligencias-Independencia, salieron a cortarse las venas en defensa del poder político, cabilderos, cronistas, trapecistas, historiadores, comunicadores, comités, por la hoy acalorada plancha indecencia, sin sombra, sin calidad, sin calidez.

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