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Arturo Quiroz Jiménez

A partir de 2007, cuando el porcentaje de población urbana se situó en 49.935 por ciento, el mundo comenzó un periodo en el que las grandes concentraciones de población en las “ciudades globales”, término acuñado por Saskia Sassen, toman importancia. Una red de ciudades con relativa independencia respecto a sus naciones, ciudades que por sí solas serían capaces de sobrevivir, nichos económicos, políticos y culturales que crean nuevos procesos sociales de relación con su sistema alimentario.
Según datos del Banco Mundial, en 2016 el porcentaje de población urbana se ubicó en 54.293; ya no hay retrocesos, el mundo ha dejado de ser rural para comenzar a ser urbano, ¿pero no es la ruralidad donde se produce el ganado del cual uno se alimenta? Si uno revisa la gráfica en la página web: https://datos.bancomundial.org/indicador/SP.URB.GROW?end=2016&start=1960&view=chart, podemos observar tres picos de crecimiento a través de la historia, cuando la población avanzó hacia la urbanidad. Esos movimientos los vemos de 1965 –cuando alcanza un máximo para descender– hasta 1975 –cuando viene un periodo de crecimiento hasta 1981–, para descender hasta el 2000, ahí comenzaría a subir hasta 2005 para decaer hasta la actualidad, donde el ritmo de decrecimiento se mantiene en 0.02 por ciento anual. En el caso de México, según los datos, en 1960 el país tenía un 50.76 por ciento de población urbana y es para el 2016 que concentra 79.51 por ciento de población urbana, una cifra sorprendente que nos deja insinuar una política de migración económica y cultural… ¿Hacia las ciudades? ¿O es la creación de pequeños nichos urbanos en la provincia?, ¿qué está ocasionando que ese porcentaje suba de manera desmedida?
Teniendo en cuenta que la población mundial ha dejado de ser rural, ahora pensemos de qué manera podemos alimentar esos nuevos centros urbanos, ¿dónde vamos a sembrar sus verduras?, ¿dónde van a conseguir sus vacas para convertirlas en su corte de preferencia? Se debe entender que los niveles de consumo de cárnicos son diversos debido a los hábitos y tradiciones alimentarias alrededor del planeta. Factores como disponibilidad, precios y estaciones son determinantes en la dieta. En 2009, a nivel mundial fueron producidas 272.7 millones de toneladas, casi tres veces más que en 1970, cuando la producción alcanzó 95.2 millones. El incremento se debió principalmente al aumento en el consumo de carne de ave, que triplicó su tasa de crecimiento en el periodo, lo cual puede estar asociado con el crecimiento poblacional, mucho mayor en los países pobres, en combinación con el mayor precio de la carne de res.
México, durante el 2011, fue el cuarto productor mundial de carne de ave (2.8 millones de toneladas), sexto de carne de bovino (1.8 millones) y décimo séptimo de carne de cerdo (1.2 millones). De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el consumo de carne per cápita a nivel mundial experimentó cambios importantes en las últimas décadas, pasando de una media de 26 kilos en 1970 a 41 kilogramos en los últimos años.
Estamos ante un nuevo reto o paradigma que relaciona el inminente proceso de urbanización con el sistema alimentario, ¿es necesario una forma de alimentación basada en la proteína animal? El consumo de verduras orgánicas se ha multiplicado, pero sigue siendo un segmento caro de consumo para una nación donde un número importante de personas no alcanzan a cubrir las necesidades básicas, que viven en marginación. La pregunta sería: ¿es necesario una nueva forma de abordar la problemática desde un punto donde la nutrición se vea como un deber social e incluya el respeto a los derechos animales y se cambie la concepción de la alimentación? Menuda tarea tenemos los sociólogos y nutriólogos.

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