Partimos de un planeta con mayor concentración de población en zonas urbanas, pero iniciamos este análisis en el 1798 cuando sir Thomas Malthus escribió su célebre Ensayo sobre el principio de la población. En ese escrito, el economista, cura, profesor y demógrafo plateaba un escenario donde la población y los alimentos avanzarían de manera diferente, pues mientras la población crecería de manera exponencial (uno, dos, cuatro, ocho, 16… 64), los alimentos por el contrario lo harían de manera aritmética (uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…), por lo que en algún punto existirían demasiadas bocas que alimentar, pero no alimentos suficientes para llenar esos estómagos; el demógrafo se equivocó en eso, no pensó que algún día podríamos controlar la natalidad, que alcanzaríamos la cumbre de la civilización cuando descubrimos la píldora anticonceptiva –a costa de mujeres indígenas mexicanas–; no alcanzó a suponer que tendríamos avances tecnológicos a costa del sufrimiento animal para poder crear alimentos y suplementos que permitirían al ganado, aves y verduras reproducirse y producirse a gran escala. En otras cosas no se equivocó, encontró frenos poblacionales como las hambrunas y guerras para la disminución de población de forma masiva.
Göran Therborn, en su libro La desigualdad mata, explica de manera sencilla desde la sociología cómo es que un niño que no es bien alimentado no alcanza la amplitud de sus cualidades físicas e intelectuales; un grado de desnutrición en la población infantil de un segmento poblacional impide que esa generación se desarrolle, que no alcance el crecimiento total de su cuerpo, haciendo hombres sin fuerzas, e impide que el cerebro tenga los nutrientes necesarios para lograr un mejor raciocinio. La desigualdad en el acceso a una alimentación adecuada mata, acorta la esperanza de vida de las personas.
Una pregunta recurrente es si para 2050, cuando se proyecta que alcanzaremos el pico de crecimiento en la pirámide poblacional a partir del cual, según estimaciones, viene un decrecimiento poblacional, ¿seremos capaces de producir alimento suficiente? Aproximaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) nos hablan de la necesidad de producción de 5 mil millones de toneladas para la mitad de este siglo XXI, la demanda global de alimentos seguirá creciendo durante el periodo 2017-2026, aunque lo hará a un ritmo menor que en las décadas precedentes, debido principalmente a dos razones: el crecimiento de la población mundial también será más lento y existirá una menor demanda de biocombustibles procedentes de azúcar, trigo, maíz y semillas, como consecuencia del abaratamiento de los combustibles fósiles.
Según la FAO y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), esta ralentización en la demanda de alimentos no significa que no haya que afrontar importantes desafíos. El principal será producir más millones de toneladas de alimentos hasta 2050 con cada vez menos agua, terreno y biodiversidad. De manera inevitable, por lo tanto, la solución pasa por incorporar nuevas tecnologías a la producción de alimentos.
¿Pero deben seguir estas tecnologías las lógicas del crecimiento capitalista, donde el fin no contempla la degradación de los medios? ¿Es necesario crear mutaciones genéticas en plantas y alimentos en voz y beneficio del capital? Aquí creemos que es necesario un cambio en los entenderes de cómo alimentarnos, si el sistema nos obliga a comprar plátanos sin cáscara metidos en un plato de unicel, quizá estamos acudiendo al lugar erróneo a comprar nuestros alimentos frescos.
El análisis de una modificación en la forma de alimentarnos debe ir ligado a importantes temas, como el del agua en un mundo con escasez cada vez mayor de esta, el de la ganadería en gran escala, bosques y selvas incendiados para creación de potreros, granjas y sembradíos, intentos como el “lunes sin carne” o comprar en los mercados locales a productores pequeños viene quizá a ser una manera micro, pero inicial, de poder aportar en este mundo cada vez más desbocado a la autodestrucción.

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