Recién concluidos sus estudios en Medicina, Stanislaw Lem se encuentra en una situación nada cómoda, ya que debe defender su tesis de grado para postularse, cosa a la que se niega rotundamente ante el riesgo de ser enviado a una guarnición militar donde no tiene la menor intención de pasar sus días de egresado, además de los rechazos constantes que le han sorrajado a raíz del hospital de la transfiguración, debut por el que se le critica no reflejar con propiedad los ideales del socialismo soviético.

En aquellas fechas, todo intelectual debía adherirse, lo quisiera o no, al formato de una doctrina que no debía capitular ni renegar del pensamiento soviético; en otras palabras, cada trabajo debía unirse al didactismo a favor del régimen político y Lem, aparte de buscar a toda prisa una salida de sus aprietos económicos, en Astronautas le dio gusto al aparato que tanto insistía en ello, pero se trata justo de uno de sus trabajos menos apreciados, aunque un éxito de la época, cuando se publicó.

Quién hubiera pensado que buena parte de la estructura doctrinaria mucho después repudiada y sometida a la crítica, pero replanteada por Anthony Burgess en La naranja mecánica y hoy retomada hasta la náusea por el coaching, tendría sus semillas en el trabajo de Antón Makárenko con su brutalmente ingenuo y revelador Poema pedagógico.

La novela, lejos de ser un ejercicio del verso a propósito de la didáctica, también tiene por nombre “El camino hacia la vida” y refleja la devoción del autor por la práctica de la enseñanza en un contexto donde hasta el aparato político exhibe su rechazo contra toda práctica intelectual –considerada burguesa–, mientras no refleje un uso que conduzca a la integración de los individuos al pensamiento y utilidad del Estado. Mientras el joven e inexperto Makárenko asume la empresa de adentrarse en un área adonde representantes del gobierno ni maestros osan entrar, su labor se enfoca justo en hacer de sus habitantes y la zona personas de bien y útiles para el régimen.

Años después, la metodología de Makárenko sirvió de referencia para construir dos aspectos de la pedagogía: por un lado la Escuela Nueva basada en Rousseau, a favor del individuo descubriéndose a sí mismo mediante el aprendizaje –aunque a riesgo de formar un sujeto egoísta e indiferente de la sociedad–, en contraste con la educación socialista, a propósito de una conciencia basada en el trabajo y el bienestar común. No obstante, pese a que han transcurrido décadas, así como la aparición de decenas de pensadores en el seno de la pedagogía, su obra perfila toda suerte de sutilezas sobre el grueso de lo hecho por Rousseau y Makárenko como un vaivén entre ambas posturas.

A partir de esos matices que enunciaron tanto Vigotsky como Piaget, pero en particular el segundo, por la música en calidad de instrumento para afilar la capacidad cognitiva y una necesidad humana insoslayable en manos de la educación, cuando Zoltán Kodály conducía sus estudios de etnomusicología en zonas rurales que después compartió con Béla Bartók, descubrió el potencial de la creación folclórica que, una vez bajo su mirada, decidió trabajar de tal manera que se convirtió en una de las propuestas más innovadoras de su vida y para el mundo.

Retomando las prácticas del bicinium del medioevo, Kodály desarrolló un método para la enseñanza musical, de tal forma que su empleo condujera a una forma de práctica que pudiese incorporarse al salón de clases y con él terminó por crear dos de las obras más trascendentes para el pedagogo contemporáneo: Bicinia Hungárica y Tricinia, dos trabajos vastísimos que comprenden piezas de 30 segundos hasta tres minutos, cuyos coros integran la notación musical de Occidente, pero la estructura es de fácil aprendizaje para niños de preescolar y adultos sin formación en la música para su mejor transmisión.

Una vez dispuestos los borradores, Kodály comenzó un laboratorio de enseñanza en su natal Hungría y, una vez adentro del salón, el éxito de su iniciativa fue extendiéndose por las escuelas de su comunidad hasta que fue adoptado por todo el aparato de enseñanza de su país, para luego convertirse en método y más tarde patrimonio inmaterial de la humanidad.

En la actualidad y prácticamente desapercibido por el grueso de los profesores de enseñanza básica, buena parte de las melodías y cuerpos musicales en que se sostienen las canciones dirigidas a los niños, toman casi toda su estructura de lo trabajado por Kodály, el músico vagabundo cuyo instrumento privilegiado fue ese famoso cello al que la historia hizo famoso porque sonaba casi como violín.

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