Hoy día, uno de los lugares comunes al hablar de Rainer Maria Rilke consiste en tacharlo de poeta sórdido, permanentemente atormentado por estados de ánimo sombríos con tendencia a la autodestrucción y es cierto, su obra es una de las que mejor expresan las angustias del movimiento romántico, plagado por las convulsiones del corazón, así como ideales inalcanzables, pero en el caso específico de Rilke, sirvieron de puente para el cambio de escuelas en la primera parte del siglo XX.
La producción de Rilke es diferenciada por dos periodos: la obra primera, con el interés puesto en el simbolismo y los móviles románticos, mientras la segunda etapa se orienta hacia la metafísica, sin abandonar los elementos centrales de su juventud.
Aunque la gran mayoría de los autores que participaron y escribieron durante el mismo periodo se instalaron en el romanticismo hasta agotarlo para ya no producir más, Rilke participó en un experimento sin precedentes al que se sometió y fue conducido por una de las mujeres más geniales en la historia de la humanidad, que marcó su escritura hasta el punto de sostener su trabajo entre sus contemporáneos y lo impulsó hacia la siguiente etapa, más allá de ellos: Lou Andreas-Salomé.
Lou Andreas-Salomé fue una de esas musas vampíricas que sedujeron y trastornaron a una generación de creadores, quienes comían de su mano soñando con ella. Friedrich Nietzsche, Franz Liszt, Sigmund Freud, Breuer –maestro de Freud– y el mismo Rilke, cayeron bajo los encantos de Andreas-Salomé, cuya mitológica inteligencia estaba décadas adelante de sus contemporáneas, mientras hacía babear a los autores consagrados.
Amigos desde 1910, Lou se negó a sostener un amorío con Rilke, con quien prefirió mantener amistad y gracias a su precoz talento, ya desde que comenzaba el siglo XX, no solo adoptó y estudió la propuesta de psicoanálisis de Freud; la desarrolló y aplicó, intercambiando sus descubrimientos con el autor austríaco. Rilke le pidió que lo ayudara a liberarse de sus demonios y, tajante, rechazó darle terapia.
El argumento de Andreas-Salomé consistió en que desde su perspectiva, el combustible que alimenta el arte es la misma experiencia que lo atormenta, que lo persigue. Sin ella, sin esa fuente, “curar” la causa del talento representaría extirpar la capacidad creativa de quien genera obra. En su lugar, le ofreció ampliar la perspectiva de sí mismo, cuya evidencia es la Correspondencia entre ambos y de allí nacieron Cartas a un joven poeta, los Cuadernos de Malte Laurids Briggs, así como el libro póstumo, Poemas a la noche.
A partir del trato con Andreas-Salomé, la escritura de Rilke reflejó el gradual descubrimiento de una “profundidad” humana más allá de las formas superficiales, así como una preocupación profesional por reflejar en obra parte de la transformación personal que provenía de la escritura. Fue entonces cuando surgieron los ángeles de belleza tan sobrecogedora que podían provocar horror y cautivaron a Wim Wenders para la inspiración de Las alas del deseo y Tan lejos y tan cerca; las ciudades vivas de las que sus habitantes eran meras extensiones, idea que tomó Thea Von Harbou para Metrópolis; además de los esbozos del existencialismo, cuyos ecos recogería Jean-Paul Sartre.
En 2005, después de una racha creativa basada en su poesía musicalizada y una discografía caracterizada por un ánimo depresivo, pese a sus arreglos a veces contrastados, Anne Clark había gozado de una fama similar a la de Leonard Cohen, como una de las pocas intérpretes femeninas dedicadas en exclusivo a la creación de un estilo personal sin simpatía con las modas.
No obstante, el tono de su trabajo, siempre triste y visceral, aunque estuvo en boga durante la década de 1980, fue perdiendo interés, así como originalidad musical. Tras un paréntesis de casi ocho años entre To love and be loved y The law is an anagram of wealth, su siguiente disco, ya en asociación con Martyn Bates, representó un cambio notable, así como un reflejo fiel en términos de constancia creativa.
Just after sunset retomó buena parte de la poesía de Rilke, de su obra inédita que, a la sazón, buscó expresar con una suerte de minimalismo, los intereses más importantes del autor alemán, además de los menos conocidos, justo cuando Anne Clark ya no era la figura militante de una época en que las voces femeninas, si cantaban, era como consecuencia de formar parte de un grupo, porque su mayor aspiración era estar a la sombra de Madonna o tratando de figurar con un éxito ocasional.
Just after sunset, entre otras cosas, es una suerte de ensayo en el que Clark alcanzó la madurez como intérprete, no solo de su carrera, sino una postura creativa.

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