La polarización social que ha estallado en Estados Unidos evidencia el riesgo que entraña votar por un personaje, que radical y carismático por insolente y políticamente desaseado, ofrece el paraíso para un sector sobre la desgracia de otro de igual importancia y peso específico en el aparato productivo, sin soslayo de su influencia política, porque perder una contienda electoral no implica derrota final.
Del triunfo de Donald Trump expertos consideran que su ejercicio presidencial distará del ejercicio de campaña. No es lo mismo ser borracho que cantinero, acotaría en la consideración de que como presidente del país más poderoso del orbe, el empresario metido a político deberá dejar en el archivo los desplantes verbales y, sobre todo, las amenazas que han sido tomadas con severa previsión en el mundo.
Trump ha ganado en condiciones anticlimáticas, con una corriente de opinión en contra, en la que convergen incluso republicanos y políticos ultrarradicales, ni qué decir de los demócratas y progresistas, que lo estiman una amenaza para el mundo.
No obstante, sus declaraciones más recientes abonan en el terreno de no solo mantener esas amenazas hechas en campaña, sino incluso confirmarlas en sentido radical, como eso de deportar a más de 3 millones de indocumentados con antecedentes penales. ¿Serán tantos?
Es probable que míster Trump no tenga a la mano la información en la que se demuestra, como lo acotó el presidente Barack Obama, la importancia de esos 3 millones de indocumentados –no necesariamente criminales que deban estar en prisión– en tareas del aparato productivo estadunidense. No es cualquier cosa.
Habrá que buscar alternativas para suplir a esa mano de obra que será deportada, consideró Obama, aunque en su gestión hubo un importante flujo de deportados, familias separadas y persecución abierta de migrantes carentes de papeles o por simple sospecha de ser indocumentados, cuando no lo eran.
Sin duda, el factor indocumentado fue una clave en el voto de la mayoría blanca en favor de Donald Trump, pero también ha demostrado su enorme peso político en enclaves como Illinois, especialmente Chicago, y el estado de California, donde la corriente latina y mexicana dio el voto a la demócrata Hillary Clinton.
El hecho real es que ha ganado la presidencia de Estados Unidos de Norteamérica el político que más denostó, cuya ignorancia política arrastró a multitudes de similar cuño fundamentalista y ultrarradical de corte racial.
Y también es un hecho real, demostrado en las manifestaciones anti-Trump dentro y fuera de la Unión Americana, que la mitad de los estadunidenses no quiere a Donald y apostó por una segunda oportunidad a Hillary Clinton, quien sin ser la política excepcional por lo menos representaba un factor de estabilidad en la relación de Estados Unidos con la sociedad globalizada.
Apostar, en consecuencia, al futuro de Estados Unidos, de esa sociedad que ha presumido democracia y tolerancia, open mind y la vertiente progresista que tienda a ser incluyente y tolerante, es eso, una apuesta.
Hoy, Donald Trump ha reconfirmado que procederá como prometió en campaña. Y eriza la piel pensar en la consecuencia de esa política absurda e intolerante, fundamentalista y burda que ha polarizado a la sociedad estadunidense y a las corrientes más progresistas del mundo.
En México tenemos ese riesgo. Ojalá y el susodicho símil tabasqueño de míster Trump evite esos escenarios de polarización social. ¿A quién conviene enfrentar a los mexicanos contra los mexicanos? Estamos a tiempo, ¿o no, Andrés Manuel? Digo.

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