Luis Frías

Si alguien nos dijera que el narco en México no existe, y que se trata de una “invención” de los gobiernos de las últimas décadas, seguramente le tomaríamos por loco. Pero si un académico nos demostrara con datos que el término narco esconde una red de intereses de gran tamaño, entonces la cuestión se torna seria.

Ese académico es Oswaldo Zavala, en cuyo libro Los cárteles no existen (Malpaso, 2018) rearticula y potencia planteamientos previos de Luis Astorga, entre otros investigadores.
Ya Astorga había señalado que el narcotráfico es “la invención de un enemigo monolítico” por parte del gobierno. Intereses económicos, políticos y de fuerzas de poder, se reducen en el discurso gubernamental (repetido acríticamente por medios, academia, literatura, etcétera) a un asunto de buenos vs malos, en donde los buenos son, claro, los gobernantes que luchan contra los malos, los narcos.

Zavala va más allá, al sostener que “‘las guerras de cárteles’” muy probablemente esconden la estrategia del gobierno federal para facilitar la apropiación ilegal de territorios del país ricos en recursos naturales ahora abiertos para la explotación de compañías transnacionales con la aquiescencia de diversos grupos de interés político y empresarial en México”.
Y entre otros temas, el libro cuestiona la representación que se ha hecho del narco en distintos productos culturales. Y la literatura tiene un papel muy importante como reproductor, o cuestionador, de los discursos hegemónicos.

La crítica hacia la mayor parte de la narconarrativa mexicana la centra Zavala en que “naturaliza la violencia y moraliza las acciones criminales”, esto es, no solo despolitiza al narco al no explicar los vectores que lo originan y hacen funcionar, sino que incluso lo estetiza. “Esas novelas ofrecen una caricatura descontextualizada del narco”.

En esto, siguiendo a Zavala, ha tenido gran influencia la crónica periodística: cronistas como Diego Osorno, Anabel Hernández o Alejandro Almazán reproducen el discurso oficial y parten acríticamente de la idea de que hay cárteles integrados por narcos, contra los cuales lucha el Estado.
Otra influencia negativa habría sido el éxito de La reina del sur (2002) de Arturo Pérez Reverte, donde se cuenta la historia de una bella sinaloense cabeza de un cártel internacional. “Estimuló la imaginación de los novelistas mexicanos dispuestos a explotar el tema sin ningún límite conceptual o narrativo”. Entre tales novelistas estarían Yuri Herrera con Trabajos del reino (2004); Heriberto Yépez con Al otro lado (2008); Élmer Mendoza con Balas de plata (2008) y casi toda su serie del Zurdo Mendieta; Orfa Alarcón y su Perra brava (2010); Juan Pablo Villalobos con Fiesta en la madriguera (2010) y Bernardo Fernández con Hielo negro (2011), entre otros.

En contrapartida ejemplar pone a cuatro narradores cuyas obras sí politizarían el narcotráfico y su funcionamiento.
El primero es César López Cuadras, quien en novelas como Cuatro muertos por capítulo (2013) o La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (1994) no solo se distancia de esa construcción simbólica de buenos vs malos, sino que cuestiona al Ejército, al periodismo, al sistema educativo, etcétera.
El siguiente es Daniel Sada, en cuya novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999) “el lector encontrará paralelos sorprendentes con la atrocidad de Ayotzinapa”, escribe Zavala, y agrega: “El gobernador y sus subalternos cometen fraude, intimidación, tortura y asesinato sin consecuencia alguna. Novela y realidad se tocan”.

Otro autor es Roberto Bolaño, quien ofrece, en 2666 (2004) “una aguda representación crítica de los primeros años del siglo XXI en México que la crítica encandilada por la globalización ha pasado por alto”, sostiene Zavala.
Y menciona a Juan Villoro, de quien dice que “articula una crítica política del narco” en la que descuellan dos tesis: una, casi todo enunciado conocido sobre el narco es resultado del monopolio discursivo del Estado; y dos, deconstruye la mitología del narco y reescribe su historia como la historia del Estado disciplinando a las organizaciones criminales.

El planteamiento de Zavala, de politizar la narcocultura, se condensa en estas palabras: “La agenda por venir de nuestros mejores periodistas, académicos, narradores, cineastas, músicos y artistas conceptuales es imaginar esa revolución urbana que nuestras ciudades tienen aún pendiente para retomar el control democrático de estas desde un poder más legítimo, ajeno a los grupos de traficantes y ciertamente más allá de la criminalidad de los sistemas políticos que nos gobiernan”.

Nació el 15 de abril de 1985, en Ciudad Sahagún, Hidalgo. Es maestro en letras modernas por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera,
Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían
caer en el vicio algún día.

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