Además de ser una escritora de excelencia, de lo que hay muchos testimonios, Elena Poniatowska se ha distinguido por sus capacidades como entrevistadora.

A los largo de los años ha charlado abiertamente con personajes de diversas actividades. Su estilo amable, gentil, va aparejado con la crudeza de sus preguntas.

Refieren que ha sido frecuente escuchar de algunos interlocutores que casi se sienten cercados por cuestionamientos, que inicialmente solo atinan a comentar: “Ah, qué Elenita, va al fondo de las cosas”.

En su libro Ida y vuelta incluye a quienes en algún momento fueron noticia o se consolidaron como figuras en el arte, preferentemente literario.

Bajo el amparo de Editorial Era, la primera edición apareció en 2017.

Elena Poniatowska nació en París el 19 de mayo de 1932. Su madre, Paulette Amor, era hija de una familia porfiriana exiliada tras la Revolución y en París se casó con un miembro de la casa real polaca, Jean Evremont Poniatowski Sperry. En 1941 y a causa de la segunda Guerra Mundial, la madre decidió traer a México a sus dos hijas. Su padre estaba enlistado en el Ejército francés.

Desde 1953 empezó a trabajar como periodista. Además de otras obras, en 1971 se publicó su extraordinaria crónica La noche de Tlatelolco. Ha sido multipremiada a la par de su participación en diversos eventos políticos y de derechos humanos.

En Ida y vuelta incluye a David Alfaro Siqueiros, El coronelazo; Rufino Tamayo, Paisaje con Rufino; Mario Vargas Llosa, Los cuadernos de don Mario; Vicente Leñero, Constructor de palabras; Elvira Vargas, Estuche de monerías; Rosario Sansores, Cursi, pero bien que me leen; Jaime García Terrés, Todo lo más por decir; Gustavo Sainz, Con tinta sangre del corazón; Angela Gurría, El trabajo manual es la faena más noble del mundo; Mathias Goeritz, El más harto de los artistas; Alejandro Jodorowski, La oveja negra del teatro; Augusto Roa Bastos, Hijo del hombre; Eduardo Galeana, El hombre de los abrazos; Gabriel García Márquez, De Aracataca a Macondo; y Juan Rulfo, El escritor en llamas.

A Siqueiros lo abordó en la cárcel, por cuarta vez encerrado. Una cuestión medular fue: “¿Usted quería matar a Trotsky?”, y respondió: “No. Nosotros queríamos llevarnos toda la documentación que había en su casa. Éramos 30 en la casa de Trotsky, había 40 pistoleros y policías armados que montaban guardia día y noche. Nosotros los atacamos de noche y conseguimos llevarnos la mayor parte de la documentación que allí tenía”.

Con Rufino Tamayo obtuvo la confesión: “Para mí no es un problema ser mexicano. Y yo soy mexicano sin ningún esfuerzo. Insisto; lo nuestro tiene que ser mexicano naturalmente”.

Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel peruano, le confió que su vida llevaba un ritmo más o menos disciplinado, con el fin de disponer de varias horas al día para poder escribir. “Esto es para mí absolutamente indispensable, porque yo no puedo trabajar según la inspiración”.

Muy ligado al nacimiento de la revista Proceso, Vicente Leñero fue puntual escritor. Con Poniatowska, dice: “…es un poco policiaca. Hay un velador al que probablemente matan y toda la novela está girando en torno de las investigaciones de un supuesto agente del Servicio Secreto que no existe. En realidad es un idealista que trata de descubrir el crimen.

Ese es el pretexto para dar oportunidad a que cada uno de los personajes se manifieste”.

Elvira Vargas es activa y la “retrata” la entrevistadora con total fidelidad.

“Cuando me encontré sin trabajo fui a ver a un señor Trejo de El Nacional –cuenta Elvira–. Me dieron una chamba en una página que se llamaba “Trabajo y previsión social”, a cargo del licenciado Enrique Calderón. El director del periódico era entonces el Chato Manjarrez.”
“Pero, ¿qué trabajo te dieron?”

“¡Fíjate! ¡Me pusieron a formar esa plana! Yo no sabía nada de nada. Gilberto Ruvalcaba me dio un cuaderno con todos los tipos y me enseñó a cabecear, a medir y a formar”.

Con Rosario Sansores se reveló el secreto cuando declaró: “Sí, sí, la gente dice que soy cursi. Imagínate si no voy a saberlo. Pero no me preocupa. Al contrario, me halaga. La gente que sabe que yo soy cursi demuestra que me ha leído, y eso es lo único que importa”.

Un viejo asunto unía a Jaime García Terrés con Grecia. Lo captó Elenita: “Cuando era yo estudiante en París, en la Sorbona y en el Collége de France, uno de mis más profundos deseos fue conocer Grecia y no descansé hasta que lo hice en 1950”.

La pregunta a Gustavo Sainz fue directa: “Gustavo, ¿qué sientes de ese rencor que ha suscitado Gazapo entre mucha gente? ¿O no lo has sentido?”

“Mira, empecé a sentir el odio de la gente no hacia mí, sino hacia mi libro, después de los tres primeros meses de crítica.”

Angela Gurría le refirió: “Me dedico a la escultura profesionalmente más o menos hace 27 años.”

“¿Y por qué la escogiste?”.

“Porque lo probé todo antes de realizarme y estar a gusto en la vida y fue la escultura lo que más me satisfizo, el hecho de usar las manos; el trabajo manual es la faena más noble del mundo”.

Me gustan mucho las torres de Ciudad Satélite, ratifica su creador Mathias Goeritz, quien añade: “Si las quitaran, Ciudad Satélite ya no tendría carácter. Vistas desde la autopista son un faro”.

“Yo no hacía escándalo, hacía arte”, dijo Alejandro Jodorowsky, polémico cineasta.
“Alejandro, ¿por qué perdiste tu capacidad de escándalo?”
“Nunca la tuve, el escándalo me perseguía. Cuando yo estuve en México nunca armé escándalos, me los armaron.”

Chaparrito, narigón, los ojos tristes, Augusto Roa Bastos es la imagen misma de la modestia.

“Tiene usted los ojos muy rojos, señor Roa Bastos.”
“Es que leo novela tras novela.”

Si algún escritor latinoamericano tiene carisma es Eduardo Galeano.

Poniatowska explica: “Aguardo el momento preciso para asestarlo a preguntas. No se impacienta, no se enoja, la fama no se le ha subido a la cabeza”.

Gabriel García Márquez, el gran colombiano declara: “Llegué a México con 20 dólares y salí de aquí con Cien años de soledad”.

“¿Por eso quieres tanto a México?”
“Aquí hice a todos mis amigos.”
“Señor Rulfo, ¿y la literatura?”
“Espéreme un momento. Yo soy de chispa retardada, y usted me pregunta así nomás a boca de jarro.”

“Estoy frente al autor de El llano en llamas, un hombre hosco que mira extrañado. Un hombre total, que en el fondo no quiere saber nada de entrevistas.”

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