El presidente Enrique Peña Nieto, nuevamente, deja ver no solo una gran desinformación, sino que además no lee los contextos internacionales. En Ottawa, Canadá, en el cierre de la Cumbre de Líderes de América del Norte el 29 de junio, Peña Nieto y Barack Obama dejaron ver lo que cada uno entiende por el término “populismo”. El presidente mexicano comentó que ese es un problema, pues surgen líderes que “recurren al populismo y la demagogia…, venden soluciones fáciles”, claro, pensando en su hasta ahora más fuerte adversario: Andrés Manuel López Obrador, quien siempre habla de apoyar a los pobres.
Sin embargo, Obama contestó que lo que significa ser populista, según los especialistas, es aquel líder que se preocupa por los que menos tienen, por los trabajadores que no son escuchados, por los niños que no tienen educación ni oportunidades y por garantizar un sistema de impuestos justos. En esos términos dijo él ser populista. Eso fue un revés muy fuerte para nuestro presidente, pues no solo quedó como ignorante, sino además evidenció una realidad nacional, pues según la definición de Obama, efectivamente, él no es populista.
Las cifras macroeconómicas dejan ver que el gobierno de EPN no se preocupa por los que menos tienen, la calidad educativa no ha mejorado en este país, pero además, el que los padres no tengan lo suficiente para sobrevivir hace que en cada ciclo escolar sean menos los estudiantes que ingresan a los niveles educativos que les corresponde; en el caso de los trabajadores, según cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en América Latina, según el tiempo de trabajo, los mexicanos son de los menos pagados, y su salario no alcanza para cubrir la canasta básica necesaria para una vida digna; y para finalizar, los impuestos en México son para la clase media, pues los empresarios contratan contadores y abogados para evadirlos, por tanto, entre un sistema tributario injusto y bajos salarios tenemos una clase muy rica (pocos) y una clase pobre (la mayoría). La conclusión es que según la definición de Obama, Peña Nieto está lejos de ser populista, pero por el discurso de nuestro presidente, parece que está orgulloso de ello.
En este sentido, el populismo es contrario al neoliberalismo (abrir el mercado sin importar qué pase con la clase pobre), el cual desde Miguel de la Madrid se ha implementado en México y que con Peña Nieto se concluyó, pues se abrió al mercado lo que faltaba: el petróleo. En otras palabras los gobiernos mexicanos, según las presiones del FMI, fueron abriendo el mercado para que vinieran a “invertir” o nos vendieran sus productos las empresas internacionales, ¿por qué esto no es positivo? Porque nuestras empresas, la mayoría, no están listas para competir, por lo que han tendido a desaparecer, porque no hay un sistema de derecho que garantice que esas empresas internacionales se regirán según la legislación y no cometerán actos de corrupción o evasión de impuestos, porque en un país como el nuestro, donde hay escasez de empleo, pueden pagar muy poco y nadie dirá nada.
Por tanto, el populismo es peligroso para Peña Nieto, quien está comprometido con el FMI y los grandes empresarios internacionales, de manera que considerar el apoyo a los más pobres es peligroso y demagógico. Todo parece indicar que regresamos a los tiempos de don Porfirio Díaz, donde lo que importaba era garantizar el enriquecimiento a los inversionistas sin importar los pobres, y para deslegitimar aquellos líderes que digan preocuparse por los que menos tienen, muy fácil, se les tacha de populistas.
Ahora lo que es claro es que se ha dado un mal uso del concepto de populismo, nuestro gobierno lo ha tachado de negativo porque es lo que le conviene y ha usado, principalmente la figura de Hugo Chávez, para deslegitimar este término; sin embargo, el problema con ese tipo de gobiernos es que su populismo no lo acompañó de reformas estructurales para que el país creciera económicamente; que sí fue el caso de Lula da Silva, quien además de su programa “populista” Hambre cero: apoyo a los pobres, a estudiantes, a trabajadores de manera inmediata, de manera paralela impulsó el desarrollo de su país, para que este se modernizara. Los resultados están hoy claros: un Brasil que ha crecido sostenidamente y una Venezuela con problemas económicos. Por tanto, el populismo no es malo, siempre y cuando se acompañen con reformas estructurales.
Pero en el caso mexicano, con el gobierno de Peña Nieto no tenemos ni populismo ni reformas estructurales de crecimiento, y contrario a ello tenemos un neoliberalismo salvaje en favor de los que tienen y en contra de los que no. Por tanto, nuestro presidente debería tener más cuidado con lo que dice, pues el mundo no es México, donde nadie le dice nada, nadie le cuestiona y la televisión esconde sus equivocaciones y, peor, donde muchos ciudadanos se dejan influir y acaban por creer que ser populista es un peligro.

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