Hoy, privatizado indiscriminadamente y convertido en un instrumento de despojo, de neocolonialismo y de vasallaje que solo responde a los intereses del capitalismo, donde el espectáculo tiene enajenada a toda una sociedad y a los pueblos originarios y sus expresiones artísticas reducidos a garambainas folklóricas, se vuelve fundamental la recuperación del espacio público como campo de creación y producción del arte y como espacio estratégico en la reconquista de la libertad y la paz con dignidad.

En las últimas décadas, el espacio público se planteó desde el propio sistema como un juego de control y apropiación, convirtiéndolo en un negocio a modo, utilizable, pero alineado a las reglas del sistema, que van desde lo arquitectónico hasta lo político y dictadas desde del Estado. Así, la intervención del espacio quedó supeditada a criterios institucionales e individuales de quienes han estado a cargo de las infraestructuras oficiales, que se vuelven una extensión del control y la manipulación de lo políticamente correcto y de estrategias culturales de sometimiento de los dominados al poder.

Pero, por otro lado, el espacio público se convirtió en un territorio de resistencia de culturas y expresiones artísticas que no se alinean ni se alinearán a dictámenes oficiales que violan derechos fundamentales como la libertad de expresión. También, se volvió el espacio para el arte militante, colectivo y comunitario, conceptos que contradicen lo dictado por políticas culturales neoliberales. Entonces, el espacio público se ha definido también como un campo de batalla en el que la obra de arte tiene una función social y política, y no solo estética o decorativa.

Entre muchas características, el espacio público no le pertenece a nadie en particular, ni siquiera al gobierno que es el que erróneamente se encarga de administrarlo en su totalidad, es de la gente que lo cohabita y lo circula, es ese espacio el que ubica también los sentidos de identidad y pertenencia de los pueblos. Es un espacio colectivo, definido por la convivencia de individualidades que interactúan cotidianamente en él, por lo tanto, tiene su carácter específico, sus propias dinámicas y una gran diversidad cultural.

Respetar el espacio público como tal, es respetar a la gente. Así, el arte debe de responder a las necesidades sociales, identitarias y políticas de la comunidad. Imponer, es coadyuvar en las estrategias diseñadas para desvincular toda participación y organización colectiva, comunitaria, solidaria y humanitaria. Por lo tanto, recuperar los espacios desde las expresiones artísticas como el arte público es coadyuvar y sumar en la vinculación de las comunidades, pueblos originarios y no originarios con la memoria histórica, con las formas de convivencia, de organización, con el patrimonio artístico e histórico, tangible e intangible, con las tradiciones, con el territorio y así cerrarle reductos al capitalismo arrebatándole herramientas a quienes apuestan a la globalización y el despojo de la cultura para subordinar a los pueblos al poder hegemónico.

Aquí caben todas las expresiones artísticas, como ejercicio de auténtica democracia, tolerancia e inclusión. Y desde abajo, todos los pensares, saberes, técnicas y conocimientos propios de una nación multiétnica y pluricultural como la nuestra, deben ser las rutas de una política de Estado, entendiendo que el arte y la cultura son motores de desarrollo y no ornamentos.

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