Analicé cada imagen de sus vacaciones a la playa. Pasó muchas horas tomando el Sol, la piel de los hombros la tenía enrojecida y con muchas pecas. Vi su sonrisa ensayada donde ladea el rostro y lo levanta, para que no se vea la papada, decía cuando estábamos juntos. Iba con ella, que convenientemente se colocaba atrás de él, como disimulando los senos caídos y grandes, buscando su mejor ángulo, claro si es posible que ella lo tenga. Él siempre lucía bien, ella no sabe –seguramente no logró adivinarlo– que él pagó un curso de imagen donde un fotógrafo paciente le estuvo explicando cuál era su pose ideal.
El rostro de ella tenía un gesto retorcido debido a los aparatos transparentes que trae para enderezar los dientes o por los labios colgados, tal vez porque su boca es grande, enorme, como una cueva tenebrosa donde puedes perderte si entras ingenuamente a quererte proteger de una tormenta. Nunca sale sin maquillaje, he intentado encontrar fotografías de ella en poses casuales, quizá despertando una mañana o en esas vacaciones recostada sobre una tumbona. Pero no, siempre delineador negro en el ojo, la sombra sutil, el labial claro resaltando la boca y pestañas postizas que le conferían un aire de cabaretera. Algunos dicen que me expreso así de ella por celos, porque claramente no es sano estar mirando las fotografías de tu expareja y analizando por horas a la actual novia. No estoy obsesionada, simplemente intento explicarme por qué alguien como él, eligió a alguien como ella, después de haber estado con alguien como yo.
Conocerla a ella a través de sus fotografías no fue tan difícil pese a que guarda mucho su privacidad, por supuesto que no comparte su fecha de nacimiento y en su cumpleaños solo unos pocos amigos la felicitaron con frases estándar, ella a todos les respondió gracias y después una carita feliz. Protege a los perros de la calle, es sensible con los niños. Ella se siente importante, con esas fotos donde viste con traje sastre e imitaciones de bolsas de diseñador, puede verse a metros que usa clones, solo necesité descargar la foto y agrandarla lo suficiente para comprobar que en el asa se están saliendo algunos hilos, ¿te imaginas si en las bolsas de diseñador pasara eso verdaderamente?
Los vi durante 15 días en la playa, 15 malditos días en donde no hicieron más que compartir fotos de los atardeceres; ella con las piernas cruzadas, el agua del mar rozándole los pies y un libro asomado para demostrar su cultura. Fotos románticas de besos a contraluz en donde las siluetas eran lo suficientemente distantes para que no se notara la falta de cintura de la intelectual ejecutiva de casi 40.
Estúpidas vacaciones en la playa, con restaurantes de meseros disfrazados de piratas y cenas de grandes charolas rebosantes de mariscos.
Pero no me enoja que ella estuviera en lugar de mí. No es lo que me enoja de sus fotos absurdas y su muro plagado de felicidad. Su muro abierto como si me dijera: “mira cómo paso el tiempo sin ti”. Lo que verdaderamente me enoja es que precisamente esa forma de vivir tan abierta a los ojos de todos, también se volvió su lápida y hoy, que pusieron oraciones nuestros amigos en común, para despedirse como si fuera posible que él, muerto, hecho pequeños pedazos en un coche al lado de ella, de la sonrisa de lado, de las cenas a la luz de velas rojas, pudiera leer las frases de lamento. Los muertos no leen, los amigos lejanos no necesitan un pésame, sus alumnos de la universidad no necesitan resignación. Se murió ayer por la noche y sé que, a pocos, poquísimos nos importa tanto.
Morir ahora es tan absurdo.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.