“Para ser hay que parecer” es una frase que funciona en círculos y lecturas de autoayuda, pero al interior de la política es más bien una amenaza pública y directa contra la gente.

No podemos culpar a los votantes por la crisis de oferta política en las planillas de este año. La realidad es algo que damos por sentado. En condiciones normales, es muy difícil conocer a las personas por lo que son en verdad; casi imposible juzgar los actos, palabras y promesas regaladas. Esto es sabido por todos.

Nos han decepcionado profundamente, a diario en las noticias, en tiempo real. Nos hemos habituado a las maneras en que una idea, un mundo y una simple frase pueden construirse, florecer en nosotros y luego derrumbarse, por la obra misma de su origen.

Confiar y creer, dos ángulos del mismo asunto. No podemos culpar, pero debemos reconocerlo: la realidad está hecha para consumidores de apariencias. Esa es la circunstancia a la que nos enfrentamos a estas alturas del siglo. La palabra verdad ya ni siquiera suena a algo importante.

De 2017, quizá, hasta la fecha, hemos sido testigos de la facilidad con que brotan las figuras, líderes morales y organizaciones enteras con la voz de la realidad ajena entre sus manos, como si algo más grande les hubiera dado la bendición de hablar por los demás y sobresalir, ex nihilo. Proliferaron los grupos diferenciados por los llamativos colores de sus identidades corporativas, como se venden los productos maravilla de moda en los semáforos. De pronto, muchos jóvenes se empeñaron en demostrar sus amplias trayectorias curriculares y laborales en una época donde hasta hicimos memes sobre lo absurdamente difícil que es entrar al ámbito laboral sin experiencia.

La consecuencia más grave es ahora. Las planillas electorales se llenan con estos currículos, talentos intelectuales y políticos de bisutería. Pero la gobernanza es cruda. ¿Qué pasará cuando estos personajes de novela se enfrenten a la vida real? Nosotros pagaremos el precio de su incompetencia.

Todo lo cruel de esta gigantesca vanidad estallará cuando se vea qué tan poco sabe de gestión el gran gestor de la cultura, de ideología y ciencia el acérrimo intelectual de su frente partidista, de posturas y principios la activista, de operación el hombre de gobierno. ¿Qué tan público es un servidor público, cuando el origen de sus historias y trayectorias se encuentra, en última instancia, en los archivos de las agencias de publicidad e imagen corporativa? Lo dijo Mark Fisher antes de morir: “Todo lo sólido se desvanece en las relaciones públicas”. Ya solo nos queda sospechar de todos los candidatos y las candidatas. Sentarnos a mirar su espectáculo, persignarnos –quizá– y dejarnos caer al tornado. “Para ser hay que parecer”, dije, es una frase que funciona en la autoayuda. Probablemente esa sea la solución más próxima: que parezca que las cosas están bien. Agradecer al candidato su benevolencia. Ignorarlo todo. Ignorarlo a tal grado que celebremos la restauración de un bache como una fiesta patronal. Tratar de llegar tan hondo en la decepción que ya no duela. Que asumamos a tal grado el absurdo que solo quede sobrevivir la incompetencia de las “nuevas” figuras de la política en todos los niveles de gobierno.

Un candidato de elección popular ya no necesita ni plan ni proyecto para hacer una campaña efectiva. Le basta “parecer” un gran candidato. Tú pide: ¿quieres gobernantes con profesión y conocimiento? Ahí están los doctorados honoris causa que tu padrino puede pagar por un módico diezmo. ¿Quieres que tu gobernante sea activista social? Creamos este colectivo de oposición para ti, hasta viene con chaleco bordado con tu nombre y una gorra. ¿Quieres que la gente vea en ti una persona comprometida con tus pasiones? Te ayudamos a crear tu asociación civil con un objetivo lo suficientemente amplio para corregir tus principios sobre la marcha.

En fin, las campañas publicitarias se pagan al doble cuando se venden como si fueran “orgánicas”.

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