Por qué no funciona el VAR

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Roberto pichardo

El videoarbitraje ha sido una realidad en diversos deportes desde hace mucho tiempo. El futbol americano cuenta con asistencia digital para resolver jugadas cuya fugacidad escapa a la retina del ojo humano. Lo mismo ocurre en el tenis, donde la tecnología permite determinar si la pelota se encuentra milimétricamente adentro o afuera del perímetro reglamentario. En estas disciplinas, la asistencia por video es aceptada sin más. ¿Por qué en el balompié no ocurre lo mismo?

Desde su pilotaje en el Mundial de Clubes de 2016, el VAR (por sus siglas en inglés) ha generado dudas y rechazo abierto. Los argumentos oscilan entre la interrupción continua del juego, la inexactitud, el uso arbitrario y la falta de coordinación entre los asistentes y el silbante. La intromisión de la famosa cabina de revisiones ha supuesto un nuevo chivo expiatorio para las carencias futbolísticas de jugadores y clubes. Todo es culpa del VAR.

Ahora que Barcelona está cerca de sucumbir ante el Real Madrid en La Liga debido a su propia inconsistencia, jugadores como Gerard Piqué han volcado sus reclamos hacia el videoasistente.

Lo mismo sucede en todas las competencias en las que las cámaras y pantallas complementan el accionar del jurado calificador de faltas al reglamento. No es de extrañar, por tanto, que el VAR sea un insumo infaltable en mesas de debate y espacios periodísticos opinativos –como este–.

Si pudiéramos encontrar un motivo por el que la tecnología y el futbol no se llevan bien sería la condición antinatural de su presencia en el terreno de juego. El balompié es un juego primitivo, casi salvaje: un montón de personas pateando un objeto liviano de un lado al otro. A diferencia del futbol americano, igualmente hostil, las reglas del soccer son mucho más elementales: gana el que meta más goles.

De ahí que sea el deporte más popular y querido del planeta: su simpleza permite su democratización. Así, cualquier persona puede jugarlo sin siquiera necesitar una pelota. Por tanto, la disonancia con la infraestructura arbitral corresponde a un choque con la esencia del futbol. Un juego tan caótico no puede ser inmaculado; el futbol es errático per se.

El VAR es corruptor porque no forma parte de la mística del juego. El futbol, como deporte de masas, nunca será justo. De ahí que su presencia resulte extraña y amenazante en una cultura acostumbrada a resolver controversias con máximas como “gol o penal” y el ultimátum “gol gana”.

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