Nos cuenta en sus memorias el muralista José Clemente Orozco que al inscribirse en la academia de San Carlos pasaba varias veces al día por la calle de Moneda frente al taller del grabador José Guadalupe Posada que trabajaba tras una vidriera que daba a la calle, lo que lo animó a entrar varias veces a observar cómo manejaba magistralmente el buril el grabador y con ello recibir su influencia.
Es muy conocida la genial obra del maestro, que además no ha sido jamás igualada y sí muy imitada y es reconocida su influencia por muchos famosos artistas posteriores a él. El maestro trabajaba en la editorial Vanegas Arroyo, especialista en nota roja, muy popular y celebrada en esa época, pero las noticias eran ilustradas magistralmente por Posada terminando por crear un estilo muy singular.
Lo más conocido de su obra son las famosas calaveras con las que cada año se celebran los difuntos y que gran parte de la parafernalia que lo acompañaba se ha ido perdiendo como tanta artesanía popular que invadía los mercados en las fiestas.
El crítico de arte Antonio Rodríguez califica a Posada como el artista que retrató a una época.
Nació humildemente y murió en la miseria y fue enterrado en el panteón de Dolores en una fosa que nadie reclamó, pasando después de un tiempo sus restos a la fosa común cumpliendo trágicamente uno de sus dichos… calavera del montón.
Su obra es tan importante que hay que recurrir a ella para constatar lo ocurrido al final del siglo XIX y principios del XX. Por medio de los textos que publicó la editorial y los grabados que hizo, nos enteramos de cómo fue esa bella época, que añoraban los que la vivieron, la época de don Porfirio.
Nos sigue diciendo Antonio Rodríguez: “Los motines callejeros, los incendios, los temblores de tierra, los cometas, las amenazas del fin del mundo… ahora sí, de veras… el nacimiento de monstruos, suicidios, fusilamientos, los milagros y las grandes tragedias, las pestes, la horrorosa muerte de una horrorosa mujer por su horroroso hijo, los grandes amores, todo lo captó y registró en sus miles de grabados.
Poco se sabe de su niñez y sobre todo, cómo adquirió esa maestría que alucina a los críticos, pero sí, que estudió en la Academia Municipal de dibujo de su natal Aguascalientes y se duda de que sea autodidacta como algunos dicen, pues es difícil manejar planos sin estudiar perspectiva. Pero sí se sabe que a la edad de 19 años ingresó al taller del eminente litógrafo y editor político Trinidad Mendoza y coincide en que Aguascalientes vivía en esa época, agitada actividad política, sus primeros trabajos ahí, anuncian el poderoso dibujo que desarrollará más adelante. Los vaivenes de la política lo obligaron a salir rumbo a León donde obtuvo un trabajo como maestro de litografía, lo que echa por tierra definitivamente la especie de que era autodidacta, pues sus litografías eran de magnífica calidad y su dibujo era perfecto.
Después de cuatro años de docencia, renunció a ese trabajo y se trasladó a la Ciudad de México en 1888, se dice que fueron las inundaciones que asolaron a León en esa época, pero lo más lógico es que la ciudad de la provincia coartaba la fuerza creadora del gran artista. En cambio, a su llegada se sumergió inmediatamente en el maremágnum de la lucha antireeleccionista y lo reflejó en sus grabados inmediatamente, era la fuerza que anhelaba para desarrollar su genio creador. Se dice que la gran Ciudad de México fue a Posada, lo que fue París a Auguste Daumier, el lugar idóneo para articular el gran lenguaje que no podía darse en la provincia.
Diego Rivera, el artista que comparó a Posada con Goya, decía que camino a la escuela de San Carlos él se detenía a ver al maestro y en una ocasión vio cómo trabajaba un grabado con el tema del juicio final de Miguel Ángel, que evidentemente arrebataba al grabador.
Y don Rubén M Campos nos dice en su libro El folklore literario de México, su visión del extraordinario dibujante: “Cuando lo conocimos en su pequeño taller de la calle de Licenciado Verdad en un edificio de la Universidad Nacional, era un hombrazo rechoncho, tipo de indio puro, de tal agilidad manual en su oficio que mientras platicaba con el dibujante Nicolás Urquieta, que me había llevado a conocer al grabador, este me miraba de cuando en cuando rápidamente mientras hendía un taruguito de madera con una afilada navaja y de pronto, levantándose, fue a una pequeña prensa de mano y sacó prueba de una caricatura de mi encanijada persona imberbe, tan ampliamente parecido que nos hizo carcajear a los tres”.

Continuará…

Comentarios