Hace varias décadas, un compositor y cantante argentino de nombre Atahualpa Yupanqui puso en circulación una canción que tenía por título las mismas palabras que uso para encabezar este artículo.
Atahualpa hablaba en ella de por qué los pobres del campo, de la mina y de la ciudad, no parecían recibir atención alguna en vida por parte de Dios, mientras que quienes los explotaban parecía que recibían todas sus bendiciones. La canción concluía con una frase categórica: “yo no sé si exista Dios, pero seguramente almuerza en la mesa del patrón”.
Yo no cuestionaré aquí tal incógnita, sino me referiré a lo que los ministros de culto católico me enseñaron de pequeño sobre lo que Dios debería representar para quienes creían en él. Todopoderoso, infinitamente amoroso y lleno de bondad hacia todos sus hijos, a los cuales él había creado, es decir, todo ser vivo. Que él nos había dado todos los dones que poseemos, especialmente nuestro libre albedrío para que a partir de tal don pudiésemos decidir qué hacer con nuestra vida, estar muy cerca de él, o todo lo contrario, eran los extremos de nuestras alternativas.
Muchos seres humanos decidieron usar su inteligencia y sus capacidades, para explicarse el cómo funcionan las cosas de este mundo. Muchos de ellos sin dejar de ser profundamente religiosos y creyentes del Dios en que les tocó creer. Así nació la ciencia y con ella la posibilidad de que miles de millones de seres humanos intentemos entender mucho mejor cómo es que muchas cosas han ocurrido y siguen ocurriendo. Y han existido muchos seres humanos que han desarrollado esta ciencia para hacer avanzar nuestra capacidad para explicarnos cada vez mejor este mundo que nos rodea, y del que formamos parte.
He observado el pasado fin de semana las manifestaciones de decenas de miles de personas en nuestro país que repudian lo que para ellos significa un atentado contra los valores tradicionales sobre la familia. Una familia idealizada que trata de ser usada como resguardo contra la barbarie que estamos viviendo en nuestra ciudad, municipio, estado, país y en el mundo completo.
El miedo a dicha barbarie está siendo usado como una forma de manipulación ante lo que por muchos años se ha manejado como los símbolos de la debacle de nuestra civilización. La drogadicción, la falta de moral, la violencia, la impunidad, el autoritarismo, el lucro desmedido.
Nuestro sistema político está fracasando en cuanto a encontrar maneras de resolver tantos problemas sociales y tenemos la cada vez más certera impresión de que estamos en manos de cínicos usurpadores de los valores básicos que los seres humanos intentamos de muy diversas formas alcanzar. Sentimos que los propios políticos están perdiendo el control de una fuerza que los rebasa y que cada vez más los usa para lograr sus propios fines. Y en este remolino no pareciera haber en el horizonte una fuerza que nos devuelva la tranquilidad perdida.
¿De qué manera es posible que una extraña referencia al pasado aparentemente más feliz, sea capaz de hacer olvidar a muchas personas las consecuencias de sus decisiones actuales sin el menor asomo de sentido crítico?
¿Cómo es posible que una jerarquía católica tan desprestigiada para mucha gente tenga la capacidad de hacer creer que el exigir la vigencia de sus derechos humanos y que ello se traduzcan en ordenamientos civiles que les permita vivir sin una incertidumbre que ha durado milenios?
¿Cómo es posible que, contrario a lo que la ciencia ha demostrado, miles de persona crean que la orientación sexual está bajo el control de nuestras decisiones conscientes?
¿Cómo puede entenderse que un protector de pederastas sea quien encabece la “defensa de la familia tradicional” manipulando los miedos de una sociedad asustada por el avance del delito institucional?
¿Cómo puede ser posible que alguien crea en un Dios infinitamente bondadoso que haya sido capaz de haber creado a unos seres humanos que no merecen respeto, y que ellos solo puedan resignarse a vivir en la oscuridad de la sociedad actual, y que ese Dios nos pida ejercer ese veto?

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