¿Cree usted que Donald Trump tendrá el gatillo fácil?, preguntaba en la tarde del jueves 6 de abril un estudiante que asistía a un curso sobre las implicaciones políticas del inacabable conflicto de Oriente Medio. La respuesta llegó unas horas más tarde, cuando los destructores USS Porter y USS Ross de la armada estadunidense dispararon 59 misiles Tomahawk contra la base de Shayrat, un aeropuerto militar situado a 40 kilómetros de Homs. Para los politólogos pro americanos, que son legión en los países de Europa oriental recién integrados a la Alianza Atlántica, se trata de una acción de represalias firme, equilibrada y que no ha causado bajas humanas. Un punto de vista respetado y alabado por los atlantistas.
Poco antes del inicio de esa acción bélica minuciosamente preparada, el presidente Trump apareció ante las cámaras de televisión para anunciar, en tono melodramático, la decisión de la Casa Blanca de castigar a quienes decidan cruzar las líneas rojas. La actuación fue aplaudida por los gobiernos europeos, que coinciden en culpar al presidente sirio Bashar al-Assad por la pérdida de vidas humanas en el ataque con armas químicas perpetrado el martes 11 de abril contra la población civil de Jan Seyhún. Sin embargo, los rusos, valedores del hombre fuerte de Damasco, rechazaron las acusaciones de la oposición siria, basadas en un informe elaborado por servicios de inteligencia militar turcos. Huelga decir que los soldados rusos acantonados en la base de Shayrat resultaron ilesos. Oficialmente, Washington les había informado sobre la inminencia del ataque.
La decisión de Trump de vengar la muerte de los 86 civiles sirios sorprendió a los analistas militares, poco propensos a imaginar una respuesta de esta envergadura durante las primeras semanas del mandato del presidente. Pero, ¿de verdad se trataba de una venganza contra el régimen de al-Assad? Hay quien estima que la acción de Donald Trump tiene múltiple lectura. Se insinúa que el ataque debe interpretarse como una advertencia a las autoridades de Teherán o de Pyongyang, que no dudan de hacer alarde de su poderío militar.
Irán, la bestia negra del Estado de Israel, no oculta la existencia de su arsenal bélico. Teherán exhibe sus misiles de corto y medio alcance, que se han convertido en una auténtica pesadilla para los ejércitos de la zona. Si bien es cierto que la destrucción física de la llamada entidad sionista figuraba en el programa de gobierno de la revolución islámica liderada hace décadas por el ayatolá Jomeyni, conviene recordar que los cohetes iraníes pueden alcanzar cualquier objetivo situado en el Mediterráneo oriental y central, poniendo en jaque a los generales turcos, búlgaros, rumanos, serbios e… italianos. Sin embargo, los europeos confían en la cordura de los iraníes.
Distinto es el caso de Corea del Norte, cuyas provocaciones irritan tanto a sus vecinos inmediatos –Corea del Sur y Japón– como a los estrategas de Washington. Corea propugna una guerra total contra el imperialismo yanqui, amenaza que el Pentágono parece haberse tomado en serio.
Por último, aunque no menos importante, es la advertencia lanzada al Kremlin. Aparentemente, Donald Trump no desea que Oriente Medio se convierta en el patio trasero de Moscú, que Rusia recupere protagonismo en una región cuyo control había perdido en la década de 1990, tras el desmembramiento de la URSS. La vuelta de los rusos a la zona, en un momento en el que Damasco parecía haber perdido la iniciativa militar, convirtió a Siria en un campo de combate entre Oriente y Occidente. De hecho, la aviación rusa llevó a cabo desde el primer momento ataques contundentes contra las agrupaciones islámicas apoyadas por Arabia Saudita, Qatar y… los Estados Unidos. La precisión del operativo bélico ruso irritó sobremanera a los dirigentes de la alianza pro occidental. Demasiado tarde…
Obviamente, los designios del Kremlin son distintos. ¿Qué argumentos podría emplear Donald Trump para frenar la ofensiva rusa en la zona? Ni que decir tienen que el ataque contra Shayrat no va a disuadir a Rusia; más bien, todo lo contrario. La suspensión de los contactos entre militares rusos y estadunidenses en la ofensiva contra el Estado Islámico podría redundar en una victoria para Moscú e, directa o indirectamente, de su aliado Bashar al-Assad. Conviene recordar que tanto la Casa Blanca como las autoridades de Ankara tienen interés en defenestrar al presidente sirio. Para Washington, sería la culminación del proceso de las llamadas primaveras árabes, obstaculizadas por la testarudez del dictador sirio. A su vez, los turcos ansían la marcha de al-Assad, enemigo poderoso, y su sustitución por un político más débil, léase, dócil. Turquía se juega mucho en la guerra de Siria. Se habla del control de los recursos acuíferos, de la difícil convivencia con la minoría kurda, del éxodo de poblaciones desplazadas…
¿Y Rusia? ¿Cuáles son sus intereses en la zona? No hay que olvidar que la apuesta mezo oriental del Kremlin no obedece, sola y únicamente, a posibles –aunque cada vez más dudosas– consideraciones de índole ideológica. Rusia cuenta con una sofisticada red de instalaciones militares en Siria, un núcleo táctico difícil de abandonar ante un posible recrudecimiento de los enfrentamientos entre grandes potencias.
El error cometido por Barack Obama fue creer que había logrado poner de rodillas a los gobernantes moscovitas. Más los kremlinólogos de Washington se habían equivocado. Vladimir Putin siguió su camino, confiando en el renacer de la Madre Rusia.
Será este el mayor desafío para Donald Trump. Un desafío en el que los cacareados ataques cibernéticos apenas tendrán cabida.

Twitter: @AdrianMacLiman

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