El historiador Edmund Wilson, nos recuerda la conversación que mantuvo con un ciudadano alemán que vivió la barbarie nazi: “primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedaba nadie para hablar por mí”. El silencio nunca es alternativa. Abdicar la responsabilidad política de disentir, denunciar, cuestionar, criticar, señalar, exigir, puede ser el primer paso hacia la autocracia (régimen político en el que una sola persona gobierna sin someterse a ningún tipo de limitación y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad). Esa mezcla de indolencia, miedo, fervor, ayuda a entender porque dictadores como Hitler, Stalin, Mussolini, Chávez, compartieron rutas similares, alcanzaron el poder; la clase gobernante y la sociedad ignoró las señales de advertencia, comportándose de manera ingenua, irresponsable, entregando el poder. La pregunta central es ¿cómo enfrentar la autocracia? ¿cómo contenerla? Las instituciones, muchas veces, no son suficientes por sí solas para poner freno a esos personajes de apetitos imperiales; frente a ellos, es indispensable defender la Constitución, y esa defensa no solo deben realizarla los partidos políticos, los ciudadanos, las organizaciones no gubernamentales, también debe hacerse mediante normas democráticas. Como sociedad, los ciudadanos necesitan levantar la voz, que esa sea un diálogo, una discusión, una asamblea. Una voz sin olvido, que pueda ir más allá del desconsuelo, la queja, el desorden, apartarse de la noche densa, buscar dentro de su interior la claridad que hay en las fuentes, en la energía social.

Levitsky y Ziblatt, partiendo del trabajo del politólogo alemán Juan Linz, han concebido un conjunto de cuatro señales de advertencia que pueden ayudar a identificar el talante autoritario, autocrático, esas son: 1. Rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego; 2. Niega la legitimidad de sus oponentes; 3. Tolera o alienta la violencia; 4. Indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación, “los populistas suelen ser políticos antisistema, figuras que afirman representar la voz del –pueblo– y que libran una guerra contra lo que describen como una elite corrupta y conspiradora, los populistas tienden a negar la legitimidad de los partidos establecidos, a quienes atacan tildándolos de antidemocráticos e incluso de antipatrióticos” (Levitsky y Ziblatt; Cómo mueren las democracias). En el caso particular del sistema político mexicano, el Poder Ejecutivo acumuló, a lo largo de muchos años, vastas capacidades que lo transformaron en una suerte de presidencia imperial (expresión acuñada por el historiador Arthur Schlesinger Jr). La presidencia mexicana ha reforzado los mecanismos de control social y político que contribuyen a perpetuar la desigualdad, el clientelismo político, la política económica de austeridad. Frente a ese modelo, que arraiga el viejo régimen, que se resiste a marcharse, es necesario defender la tradición liberal que se sostiene en la dignidad humana. Esa dignidad se expresa en la noción de los derechos, donde la garantía es la protección fundamental contra los caprichos del poder. De igual manera, fortalecer la tolerancia mutua y la contención institucional es fundamental para la salud democrática. El camino más inmediato para herir de muerte a la democracia es rechazar el escrutinio público, la rendición de cuentas, la solidez y fortalecimiento de instituciones de transparencia, la institución electoral, las voces críticas que, democráticamente, disienten. Preocupantemente, la presidencia imperial asoma el rostro cuando decide castigar a un analista político, Sergio Aguayo, porque denuncia “el hedor corrupto” del ex gobernador de Coahuila; desde luego, la escritura que practica Aguayo, es antipática, desafiante para el poder, pero eso es justamente lo que nutre la democracia, las voces que denuncian los caprichos del poder, sus corruptelas, esas voces profundas que incomodan al poder, lo denuncian, solo con ellas puede sobrevivir la democracia.

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